VENENOS DE POTOSÍ A VACA MUERTA: EL ODIO COMO FRACTURA HIDRÁULICA EN LA MENTE DE LOS PUEBLOS.

Esta imagen que ves, este recorte de una noticia que celebra un récord de YPF en Vaca Muerta, es la versión siglo XXI de una historia que lleva quinientos años repitiéndose en este continente. Detrás de esas ciento diez horas continuas de bombeo hay algo que el titular no cuenta: para que el petróleo salga de esa roca hay que inyectar veneno en la tierra. El fracking no es simplemente perforar un pozo. La roca de Vaca Muerta es tan compacta que el petróleo está atrapado y no puede fluir, así que hay que romperla a presión con una mezcla de agua, arena y productos químicos. Entre esos químicos hay biocidas, que son venenos diseñados para matar bacterias, porque si no matan las bacterias, esas bacterias corroen el pozo, generan gases tóxicos y tapan todo. Sin veneno, la operación no funciona. Estamos hablando de benceno, tolueno, metanol, plomo, arsénico, mercurio, sustancias que en otros países han aparecido después en el agua de las canillas y en la orina de los niños que viven cerca de los pozos. Del agua que inyectan, un porcentaje importante se queda para siempre en el subsuelo, mezclada con ese cóctel, filtrándose lentamente, contaminando napas que tardaron miles de años en formarse. Eso es el veneno en la tierra.


Y todo esto ocurre mientras la Tasa de Retorno Energético de Vaca Muerta es bajísima, porque gastamos una energía bárbara en acero, cemento, químicos, camiones y monitoreo para obtener apenas un puñado de petróleo, pero eso no importa mientras haya deuda externa fresca que permita mantener la ilusión de rentabilidad. Empresas como Vista, Pampa o Tecpetrol se endeudan en dólares a tasas altísimas, y cuando el dólar se desbarranque, como siempre pasa, alguien va a tener que pagar. Ese alguien, como en 1982, como en 2001, va a ser el Estado, o sea vos, o sea yo, o sea todos los que no participamos de la fiesta. Mientras tanto, el gobierno alimenta la bicicleta financiera, el carry trade, para mantener el dólar barato y que las petroleras puedan pagar sus deudas, y en el medio el agua se contamina, la tierra se degrada, la energía neta se esfuma y la Tierra sigue calentándose. Pero todo viene envuelto en palabras hermosas: récord, eficiencia, soberanía energética, orgullo nacional. Son los nombres elegantes de siempre, los mismos que se usaron en Potosí cuando la plata se iba a España mientras los indios morían envenenados con mercurio en las minas, los mismos que se usaron en las guerras del salitre y en la guerra del Chaco, donde cien mil bolivianos y paraguayos se mataron entre hermanos para que al final las petroleras extranjeras se quedaran con el negocio. El Cerro Rico ya no tiene plata. Vaca Muerta todavía tiene petróleo, pero cuando se acabe va a quedar lo mismo: agua que no se puede beber, tierra que no se puede cultivar, comunidades rotas, enfermedades que nadie investiga, y una deuda que pagaremos durante generaciones.


Pero hay un hilo más profundo que une Potosí con Vaca Muerta, y es la relación entre el extractivismo y el odio, entre el veneno que se inyecta en la tierra y el veneno que se inyecta en las mentes. Porque ningún saqueo puede sostenerse solo con violencia física; necesita también una violencia simbólica que justifique el despojo, que haga creer al que pierde que está perdiendo por su culpa, que es inferior, que es vago, que es corrupto, que el enemigo es el de al lado y no el de arriba. En Potosí el veneno en las mentes era la doctrina que decía que los indios no tenían alma. En Brasil era el racismo científico que convertía a los negros en bestias de carga. En las guerras del salitre y del Chaco era el nacionalismo que enfrentaba a países hermanos para que las compañías inglesas y norteamericanas se llevaran la riqueza. Hoy el veneno en las mentes tiene forma de motosierra y de odio al Estado, odio al político, odio al que protesta, odio al diferente. Los mismos medios que callan lo que pasa en Vaca Muerta son los que siembran ese odio día tras día, para que la gente gaste su bronca en peleas estériles mientras los de siempre se llevan puesto el país. Los biocidas que matan la vida en el subsuelo tienen su equivalente en los discursos que matan la empatía, la solidaridad, la capacidad de ver al otro como un hermano. El fracking social funciona igual que el fracking geológico: se perfora, se inyecta veneno a presión, se fractura, y después se extrae lo que se quiere extraer. En un caso, petróleo. En el otro, sumisión, pasividad, aceptación del saqueo disfrazado de libertad. La casta que dicen combatir no es la casta verdadera; la casta verdadera es la que financia la motosierra, la que pone los micrófonos, la que compra los algoritmos, la que se ríe mientras los pobres se matan entre ellos por migajas, la que inyecta veneno en las mentes para que nadie mire hacia arriba. Y mientras tanto, en Vaca Muerta, la máquina sigue bombeando ciento diez horas seguidas, récord, eficiencia, orgullo nacional, y el veneno químico se mezcla con el veneno del odio en el mismo cóctel mortal de quinientos años de historia. Por eso cuando ves a alguien celebrar este récord, cuando ves a alguien defender la motosierra, no estás viendo un error, estás viendo el producto terminado de una industria tan poderosa como la del petróleo: la industria de fabricar enemigos equivocados para que los verdaderos enemigos sigan ganando.

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