SOBRE QUÉ SIGNIFICA "VOLVER A SER HUMANOS" (la cuestión de la técnica)

Una conversación reciente, que giró en torno a un lugar común necesario pero ya gastado: la importancia de "ir más allá de la técnica" en agroecología. Se hablaba, con razón, de contextos políticos, económicos, filosóficos. Y de pronto, un silencio mental, una epifanía incómoda: ¿y si el problema de base fuera justamente cómo concebimos esa "técnica" que decimos querer trascender?


Porque hay una trampa en esa formulación. Al plantear que hay un "más allá" de la técnica, aceptamos tácitamente que existe un "aquí" de la técnica: un territorio neutral, objetivo, replicable, un paquete de conocimientos que puede enseñarse y aplicarse con independencia del cuerpo social que lo ejecuta. Y esa premisa, me parece, es falsa. Radicalmente falsa. No es que exista una técnica agroecológica y luego, por añadidura o bondad, debamos considerar el contexto social. Es que no hay técnica agroecológica sin comunidad. La comunidad no es el escenario donde se aplica la técnica; es el sustrato vivo, el medio de cultivo sin el cual la técnica no germina, o si lo hace, produce un fruto vacío, una agroecología zombie fácilmente cooptable por el mismo aparato que pretende desafiar.


Esta intuición, que empezó como un malestar vago, encontró su ancla en un recuerdo lejano de los preparados biodinámicos. Aquellos rituales extraños y fascinantes donde la "eficacia" del preparado –el 500, el 501– dependía, según se insistía, de la intervención humana en comunidad. No era suficiente la fórmula, los ingredientes. Se requerían "muchas manos", una dinamización ritual, una suerte de inoculación colectiva de energía e intención. Lo que para el racionalismo reduccionista es superstición, para mí, en esta relectura, se revela como un saber profundo, cifrado en un lenguaje simbólico: la técnica, en su esencia más íntima, es un fenómeno psico-social. El agente humano no es un operario externo que aplica un protocolo a un sistema biológico (suelo-planta). Es un participante, un nudo consciente que, al actuar, modifica el campo relacional del cual forma parte. Sus manos, su atención sincronizada con otros, su intención dirigida, son insumos tan materiales como el fósforo o el nitrógeno, pero de un orden distinto. Son insumos de orden, de información, de coherencia.


La ciencia más dura comienza a darle andamiaje a esta poética. La física del agua sugiere que su estructura molecular es susceptible a campos energéticos y a la información. La psicofisiología muestra que la coherencia cardíaca de un grupo –ese estado de atención calmada y sincronizada– genera campos electromagnéticos mensurables. ¿Qué hacían, entonces, esas comunidades biodinámicas sino crear un campo de coherencia grupal para estructurar el agua que portaría la "información" del preparado? Lejos de ser un misticismo antiséptico, es una tecnología social de alta precisión para la modulación de sistemas vivos. Una tecnología que reconoce que el observador, y más aún el observador-comunitario, es parte ineludible del fenómeno observado.


Y si esto suena aún especulativo, la evidencia arqueológica y paleoecológica nos grita la misma verdad a escala continental. El bioma amazónico, ese arquetipo de "naturaleza virgen", es en gran medida un artefacto cultural. Los estudios de distribución de especies (Clement et al., 2015) revelan una concentración anómala de especies útiles –frutales, medicinales, maderables– que delata la mano humana milenaria. No fue una huella destructiva, sino jardinería forestal a escala de continente. Y en su suelo, la prueba más elocuente: la Terra Preta. Esos oasis de fertilidad oscura no son un don geológico; son un legado tecnológico. Suelos creados a partir de la adición sistemática de biochar, materia orgánica, cerámica y, crucialmente, del microbioma asociado a la comunidad humana. No solo añadieron nutrientes; diseñaron una estructura física (el biochar) que servía de hábitat permanente para una simbiosis microbiana potenciada. Fueron creadores de suelo, de ecosistemas edáficos completos. Y lo hicieron en comunidad, transmitiendo ese saber a través de generaciones.


Ahí reside el núcleo de mi epifanía incómoda. Las cualidades que nos hacen humanos –nuestra hiperplasticidad cerebral que modela futuros, nuestras manos de precisión para el cuidado, nuestro lenguaje simbólico que teje narrativas de reciprocidad, nuestra capacidad ritual para la atención colectiva, nuestra neotenia prolongada que nos hace eternos aprendices– son, en esencia, el equipamiento biológico y cultural de una especie co-creadora de mundos ecológicos. Somos, por constitución, los ingenieros de ecosistemas conscientes, los nodos reflexivos de la red de la vida.


Poner este equipamiento al servicio del lucro y la acumulación personal –la lógica axial del capitalismo– no es solo un error ético; es una contradicción anatómica y funcional. Es usar el telescopio de nuestra conciencia de futuro para obsesionarse con el balance trimestral, anulando su horizonte de séptima generación. Es reducir nuestras manos precisas a apéndices de máquinas de extracción bruta. Es prostituir nuestro lenguaje, vaciándolo de significados relacionales para llenarlo de jerga mercantil ("recursos", "servicios ecosistémicos", "capital natural"). Es banalizar el ritual, convirtiéndolo en espectáculo de marketing. Es colonizar la larga infancia, formando consumidores en vez de discípulos de la tierra.


El resultado de esta inversión perversa –donde la Vida se vuelve medio y el Lucro fin– es el mundo que habitamos: un planeta al borde del colapso metabólico. Y la agroecología, si no es cuidadosa, puede terminar siendo funcional a esta inversión. Si aceptamos la escisión entre una "técnica" replicable y un "contexto" accesorio, allanamos el camino para que las Bayers y Syngentas del futuro vendan "paquetes tecnológicos agroecológicos llave en mano", bioinsumos patentados y créditos de carbono de bosques comestibles. Seremos sus influencers ad honorem, creyendo que difundimos soluciones mientras desactivamos el potencial revolucionario del paradigma.


La verdadera agroecología, entonces, no puede contentarse con ser un conjunto de técnicas mejores. Debe ser, ante todo, un proceso de rehabilitación. Rehabilitación de nuestra función ecológica como co-creadores. Rehabilitación de la comunidad como el órgano indispensable para cualquier práctica verdaderamente transformadora. La técnica no es el punto de partida. Es el lenguaje que emerge cuando una comunidad, arraigada en un territorio y consciente de su poder y responsabilidad, decide ponerse al servicio de la regeneración de la vida. En ese gesto, la separación entre el humano y "la naturaleza que está allí afuera" se dissolve. Ya no aplicamos agroecología. Aprendemos, dolorosa y gozosamente, a ser nuevamente creadores de mundos vivibles. Todo lo demás es, quizás, solo jardineria.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL PENTÁGONO SE MATA SOLO -Los pueblos ya ganamos por mera exergia-

GAME OVER: LAS REFINERÍAS Y EL LADO B DEL PETRÓLEO ARGENTINO

APRENDER A PENSAR COMO PUEBLO: ARGENTINA NO TIENE MÁS PETRÓLEO