REABRIR EL UMBRAL

Para los pueblos del Popol Vuh, no fuimos colocados en la tierra; brotamos de ella. Los dioses usaron la masa del maíz, y en ese acto, establecieron una verdad radical: no hay separación entre la sustancia del mundo y la sustancia del ser. Somos tierra que se piensa a sí misma.


Estas mazorcas criollas Mbya Guaraní; en su gama de blancos, naranjas, marrones, amarillos, rosados y rojos; son la prueba viva de ese pacto. Cada color es un nutriente específico, un mensaje químico del suelo al cuerpo. Pero reducir esto a bioquímica sería perder la dimensión sagrada. En la cosmovisión que las cultivó hace eones, el espectro exterior era un lenguaje del estado interior. La belleza no era una cualidad observada, sino una relación vivida.


La milpa era el espacio donde esa relación se ejercitaba. La selección comunitaria de semillas (la elección cuidadosa, el intercambio, la siembra ritual) no era una técnica para mejorar “algo allá afuera”. Era una práctica de observación sin el observador. Al contemplar la planta, el cultivador se disolvía en la atención pura. No había un “yo” que manipula una “naturaleza”. Había una totalidad en movimiento, un flujo donde la intención humana y la expresión vegetal eran aspectos de un mismo proceso creativo.


Percibir la vida sin la división entre el que percibe y lo percibido es entrar en otra dimensión de la existencia.

El “maíz perfecto” no era un ideal proyectado sobre la planta, sino una cualidad que emergía de la relación misma, libre de la autoridad del deseo personal. La búsqueda no era de un resultado, sino de una armonía en el acto mismo de cuidar.


Por eso, cada nueva combinación de colores que surgía (ese rojo donde antes había solo naranja, ese rosado inédito) no era un “logro” del agricultor. Era la cosecha haciéndose espejo de una conciencia silenciosa. Era el mundo exterior revelando, en pigmentos y formas, una transformación paralela en el interior de la comunidad: un estado de gratitud volviéndose amarillo, una paciencia sin tiempo adoptando el marrón de la tierra fértil, una inteligencia colectiva floreciendo en rojo. El afuera era la cristalización del adentro, y el adentro, la resonancia del afuera. Eran espejos enfrentados, creando un pasillo hacia lo infinito.


Hoy, ante el colapso de un mundo construido sobre la separación (el yo contra el otro, la sociedad contra la naturaleza), esta imagen es un mapa de regreso. 

La pérdida del 80% de las variedades nativas de maíz no es solo una catástrofe ecológica; es la clausura sistemática de estos portales, el aplanamiento de la realidad en una sola dimensión: la de la utilidad y el control.


La Agroecología, entonces, es más que un modelo agrícola. Es la práctica de reabrir el umbral. Es la voluntad de volver a observar sin fragmentar, de actuar en la totalidad. Nos recuerda que la verdadera sostenibilidad nace cuando cesa la lucha entre el ser y el mundo, cuando comprendemos, sin mediar palabra, que somos el campo que cultivamos y la cosecha que recogemos. Que nutrir la tierra es, irrevocablemente, nutrir la esencia de lo que somos.


Esta foto, con el fruto de nuestro trabajo en la Base de Experimentación "El Ceibalito", es una invitación a cruzar. A mirar estos colores no como objetos, sino como puertas.

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