POR QUÉ MISIONES NECESITA UN PLAN ESTRATÉGICO DECRECENTISTA

Conviene empezar presentando a quien me ha abierto los ojos sobre este asunto. Antonio Turiel es investigador científico del CSIC, doctor en Física Teórica, y lleva décadas advirtiendo sobre el agotamiento de los recursos energéticos. No es un opinador: es un científico con más de 120 publicaciones y doce millones de visitas en su blog The Oil Crash. Lo que él viene señalando desde hace años, la propia Agencia Internacional de la Energía terminó confirmándolo a finales de 2025. Y ese diagnóstico tiene implicaciones muy concretas para Misiones.

El primer dato a entender es que las estadísticas oficiales mienten. Cuando la AIE anuncia récords de producción de petróleo, está incluyendo en esa cifra los Líquidos del Gas Natural, que no son petróleo. Son subproductos como el propano o el butano: útiles para plásticos o para cocinar, pero inservibles para mover un camión, un tractor o un barco. Mezclarlos con el crudo convencional infla artificialmente las reservas y oculta lo esencial: el petróleo de verdad, el que mueve el mundo, se está acabando.

Y el combustible que verdaderamente sostiene nuestras sociedades es uno muy específico: el gasoil. Los barcos que traen mercancías, los trenes, los camiones que llevan alimentos, la maquinaria agrícola, todo funciona con gasoil. Sin gasoil no hay comida en las ciudades, no hay fábricas, no hay hospitales abastecidos. Es la sangre de esta civilización. Y esa sangre se está agotando. La AIE ha admitido que los inventarios de gasoil están en mínimos históricos y que producirlo es cada vez más difícil.

Argentina importa gasoil para sostener su agronegocio. Durante años, los barcos llegaban cargados de combustible para que los tractores sembraran soja que después se exportaba sin industrializar. Importar energía para producir alimentos que se van sin valor agregado: una estupidez energética de primera magnitud. Y lo más grave es que las fuentes tradicionales de ese petróleo se agotan. La Cuenca del Golfo San Jorge, históricamente la principal productora del país, ha entrado en un declive irreversible. Los campos maduros muestran tasas de agotamiento que ninguna inversión puede revertir.

La respuesta ha sido el fracking en Vaca Muerta, pero es un espejismo. La AIE certificó que casi el noventa por ciento de la inversión anual en petróleo no aumenta la oferta, sino que solo compensa el colapso de los pozos existentes. Y el fracking cae más del treinta y cinco por ciento en su primer año. Es una rueda de hámster: hay que perforar sin descanso solo para no caer.

En Misiones, esta realidad debería verse como una oportunidad histórica. La provincia tiene costos energéticos más altos por no tener gas natural, pero eso la obligó a desarrollar una matriz diversificada con parques solares y biomasa. Mientras el resto del país se acostumbró a la energía barata que ya no volverá, Misiones tiene la oportunidad de liderar un modelo productivo de menor dependencia energética.

Los tiempos de la energía no son los de la política. La AIE señala que desde que se descubre un yacimiento hasta que produce pueden pasar veinte años. Cualquier solución que se intente hoy llegará cuando los pozos actuales lleven años secos. Se puede vivir sin plásticos, sin butano, incluso sin nafta. Pero sin gasoil no llega la comida, no funcionan los hospitales, no se mueve nada.

El decrecimiento no es una opción ideológica, es una constatación material. Los límites geológicos nos imponen un descenso energético ineludible. La única discusión es si lo hacemos de manera planificada o salvaje. Y ahí aparece la oportunidad para un Plan Estratégico Decrecentista en Misiones.

Porque la agricultura industrial, basada en gasoil y fertilizantes, colapsará cuando la energía escasee. Frente a eso, la salida es la agroecología, la producción local, la agricultura regenerativa. Y Misiones, con sus pequeños productores, su biodiversidad y su tradición agrícola, tiene condiciones inmejorables para liderar esta transición.

Un Plan Estratégico Decrecentista no es un plan de obras ni de inversiones millonarias. Es un plan eminentemente político. Porque los recursos ya están. No están en los bancos ni en los presupuestos provinciales: están en nuestro pueblo. Están en la sabiduría de los campesinos minifundistas que durante generaciones han trabajado la tierra sin depender de insumos externos. Están en la organización cooperativa que Misiones ha sabido desarrollar. Están en las comunidades rurales que conocen los ciclos, las semillas, los montes. Están en la memoria de quienes todavía recuerdan cómo se producía antes de que el petróleo barato nos hiciera dependientes.

La tarea del Estado no es traer recursos de afuera porque no los hay y porque además no hacen falta. La tarea del Estado es política: decidir, formar, ordenar. Decidir que el campesino minifundista deja de ser un sujeto asistido para convertirse en el centro de la estrategia provincial. Formar políticamente a las nuevas generaciones en las herramientas que demanda el siglo XXI, que no son las del crecimiento infinito sino las de la resiliencia, la autosuficiencia, la cooperación. Ordenar el territorio para que la transición sea posible, protegiendo la tierra fértil, frenando el avance del extractivismo, garantizando que quienes producen alimentos tengan acceso a la tierra y a la toma de decisiones.

Es un plan de cero peso presupuestario y cien por ciento decisión política. No se trata de gastar más, se trata de hacer distinto. Se trata de que el Estado provincial mire lo que ya tiene y lo ponga en valor: sus agricultores, sus saberes, su organización comunitaria, su matriz energética incipiente, su biodiversidad. Se trata de formar cuadros políticos y técnicos que entiendan la magnitud del desafío y estén a la altura de las demandas de este siglo, no del pasado.

Ese Estado debe colocar al campesino minifundista en el centro. En un mundo sin gasoil barato, la soberanía alimentaria será condición de supervivencia. Y quienes saben producir alimentos sin insumos externos son los pequeños productores, los agricultores familiares. Un plan decrecentista debe reconocerles su lugar dirigente, debe formarlos, debe darles el poder de decisión que nunca tuvieron. Empoderarlos como sujetos activos de la transición no cuesta dinero: cuesta voluntad política.

Esto implica un nuevo pacto social basado en democracia directa y poder local. La democracia representativa ha mostrado sus límites. Necesitamos asambleas locales, consejos de cuenca, comunidades organizadas que decidan sobre su territorio. El poder tiene que bajar al suelo, ejercerse en los parajes y las chacras. Solo quienes habitan un lugar saben lo que ese lugar necesita cuando el mundo de afuera se desmorona. Y eso no se financia: se decide.

Misiones tiene ventajas enormes: matriz renovable, biodiversidad, tradición cooperativa, pequeños productores con arraigo. Lo que falta es la decisión política de actuar antes de que el colapso nos obligue a hacerlo a las apuradas. Lo que falta es entender que el plan no es un gasto sino una opción, y que la opción es gratuita.

El horizonte es la permacultura como cultura de la permanencia: alimentos producidos cerca de donde se consumen, tierra trabajada sin petróleo, fertilidad orgánica, comunidades con soberanía energética y alimentaria. No es una marcha atrás, es un salto adelante hacia formas de vida viables.

Y aquí está lo más importante: si Misiones da este paso, si decide encarar un Plan Estratégico Decrecentista con la audacia política que el momento requiere, no estará haciéndolo solo para sobrevivir. Estará colocándose a la vanguardia. La provincia puede convertirse en el laboratorio de un nuevo modelo civilizatorio, en el ejemplo concreto de que es posible atravesar el descenso energético con justicia social, con democracia real, con soberanía alimentaria, sin esperar recursos que no llegarán. Lo que se pruebe en Misiones, lo que se construya en sus chacras, en sus asambleas, en sus consejos de cuenca, podrá ser replicado en otras provincias, en otros países. Misiones tiene la oportunidad de ser faro en un mundo que pronto buscará desesperadamente alternativas.

Por eso quienes seguimos a Turiel miramos las estadísticas con otros ojos. El declive está en marcha, el gasoil se agota, el Golfo San Jorge está en su fase final, y la AIE lo sabe aunque lo maquille con LGN. La pregunta es si vamos a dejar que esto nos arrastre o si vamos a organizarnos, comunidad por comunidad, para construir un decrecimiento ordenado. Un plan donde el Estado tenga la lucidez de ordenar, donde el campesino lidere y donde la democracia directa en territorio sea la norma. Un plan que no cuesta dinero, que solo cuesta decisión. Un plan que convierta a Misiones en pionera, en ejemplo para el país y para el mundo. El rumbo, si no abrimos los ojos, es uno solo. Pero si actuamos a tiempo, todavía podemos elegir hacia dónde caminar. Y Misiones tiene todo para ser la primera.

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