NO HAY SUPERAVIT, SÓLO SAQUEO EFICIENTE Y MÁS POBREZA.

La noticia es impecable sobre el papel: Vaca Muerta va a darle a la Argentina un superávit energético de diez mil millones de dólares en 2026. Las exportaciones crecen, las importaciones caen, el país vende energía al mundo como nunca. Los titulares celebran, los funcionarios posan, los economistas explican que por fin entramos en el camino correcto. Pero mientras el superávit se festeja en las oficinas de Puerto Madero, el argentino común hace cola en la estación de servicio y ve cómo el precio de la nafta vuelve a cambiar en el pizarrón. Otra vez. Y no entiende: si el país produce cada vez más petróleo, si Vaca Muerta es una fiesta de dólares, si esto es nuestro, del subsuelo argentino, ¿por qué llenar el tanque duele más cada mes? ¿De qué sirve tener semejante riqueza si no se traduce en nada de lo que verdaderamente importa?


Ahí nomás, sin querer, viene a la memoria aquella frase de Atahualpa Yupanqui, que parece escrita para este momento: "las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas". Porque de eso se trata exactamente. Las penas ambientales son nuestras, las penas territoriales son nuestras, las penas de llegar a fin de mes con el tanque vacío son nuestras. Las vaquitas, en cambio, las que están ahí, gordas de petróleo y gas, esas son ajenas. Se las llevan otros. Se las llevan en forma de crudo sin procesar, de dividendos que se fugan, de ganancias que no se reinvierten, de dólares que engrosan cuentas en paraísos fiscales mientras acá abajo el precio de la nafta no para de subir. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas. Y duele más porque es cierto.


Porque la pregunta incómoda es esa: ¿para qué carajo se explota un recurso natural si no es para mejorar la vida de la gente? ¿Qué objeto tiene perforar la Patagonia, fracturar la tierra, consumir agua en zonas de estrés hídrico, soportar el impacto ambiental, criminalizar a las comunidades que defienden el territorio, si al final del camino no hay escuelas nuevas, no hay hospitales, no hay justicia social, no hay ningún beneficio que el ciudadano común pueda tocar con la mano? El petróleo es de todos, está en la Constitución, el subsuelo pertenece a las provincias, que son el pueblo organizado. Pero cuando ese recurso se convierte en dólares, los dólares se van por el oleoducto, se fugan en la bicicleta financiera, pagan deuda externa, engordan las cuentas de accionistas que viven a miles de kilómetros. Y acá abajo, lo único que baja es la nafta que sube.


Los números no dejan lugar a interpretaciones. En diciembre de 2023, la nafta súper de YPF en CABA rondaba los $550 por litro después de un año que había comenzado en $156 y acumulaba subas del 250%. Doce meses después, en diciembre de 2024, ese mismo litro de súper cerraba en $1.108. Un 100% de aumento en un solo año. Y la tendencia no se detuvo: a principios de febrero de 2026, el litro de súper ya supera los $1.600 en CABA y roza los $1.900 en provincias como Formosa o Misiones. La premium, directamente, se va a $1.800 o $1.900 en la capital y supera holgadamente los $2.000 en el interior. En apenas dos años, cargar un tanque pasó de ser un problema a ser un lujo. Mientras tanto, las aulas se caen a pedazos, los hospitales carecen de insumos básicos, las rutas están destruidas, y la gente hace malabares para llegar a fin de mes. El recurso está ahí, sale de la tierra, es nuestro, y sin embargo no alcanza para nada de eso. Alcanza apenas para que algunos llenen sus bolsillos y otros llenen el tanque llorando.


El argumento oficial para justificar estos aumentos es siempre el mismo: la devaluación, el traslado de costos, la actualización de impuestos, el precio internacional. Ese último punto es clave. Porque lo que no se dice es que el precio internacional es exactamente el mismo que alimenta el superávit récord que tanto celebran. El mecanismo se llama "paridad de exportación" y funciona así: las petroleras venden el crudo en el mercado interno al mismo precio que lo venderían si lo mandaran afuera, como si los argentinos no tuvieran ningún derecho sobre su propio recurso. El razonamiento es simple y brutal: "si podemos venderlo más caro afuera, ¿por qué lo vamos a vender más barato acá?". El resultado es que el país se convierte en un exportador que también se cobra a sí mismo el precio internacional, y la gente paga en cada carga de nafta una renta que no se queda en el territorio sino que viaja directo a las cuentas de las empresas. Es una locura, pero es el modelo.


La paradoja es todavía más absurda cuando se mira el conjunto. Argentina produce cada vez más petróleo gracias a Vaca Muerta. Las exportaciones crecen, el superávit energético es histórico. Pero al mismo tiempo, el país sigue importando gasoil, porque las refinerías son viejas y no se invirtió en adaptarlas al crudo liviano que sale del yacimiento. El modelo elegido fue siempre el más cortoplacista: sacar el crudo, venderlo afuera, y si falta combustible adentro, se compra afuera también, aunque sea más caro. Ese costo también se traslada a la bomba. El transportista, el colectivero, el que necesita la camioneta para trabajar, el que vive lejos de todo y no tiene alternativa: todos pagan dos veces, por la nafta que consumen y por la renta que se lleva el que exporta. Y mientras tanto, las regalías petroleras que deberían llenar las arcas provinciales para construir escuelas y hospitales se diluyen en estructuras burocráticas, en contratos discrecionales, en cajas políticas que nunca se traducen en mejoras visibles para la gente. El círculo se cierra siempre igual: la riqueza se va, los costos se quedan, y los que pusieron el territorio miran pasar los camiones sin poder pagar la carga.


El superávit de diez mil millones no es entonces una señal de que al país le va bien. Es apenas la constatación de que hay un negocio enorme funcionando a toda máquina, y que ese negocio consiste en extraer riqueza del subsuelo y venderla afuera mientras los costos se quedan acá: el costo ambiental, el costo territorial, el costo social, y también el costo directo de pagar el combustible más caro de la región. Porque no hay paradoja más cruel que esta: Argentina produce cada vez más energía, pero los argentinos pagan cada vez más por esa energía. El recurso es nuestro, pero el beneficio es de unos pocos. La tierra es nuestra, pero la plata se va. El sacrificio es de todos, pero la ganancia es privada. Las penas son de nosotros, las vaquitas son ajenas. Y cuando alguien pregunta para qué sirve todo esto, la respuesta es siempre la misma: el superávit, los dólares, el récord. Como si un récord en un papel valiera más que un hospital de verdad, que una escuela digna, que un plato de comida, que un tanque lleno a un precio justo. El absurdo no es que el combustible suba. El absurdo es que teniendo todo para que baje, siga subiendo. El absurdo es que la riqueza pase de largo y no deje nada. El absurdo es que el país tenga petróleo y la gente no tenga con qué pagarlo.

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