MILEI ES ECOFASCISMO. (la oposición sigue sin entender a qué se enfrenta)
La primera gran cifra económica del nuevo gobierno no es un indicador de desastre, sino de coherencia. El desplome de la inversión extranjera no es un error de cálculo; es la primera evidencia estadística de un proyecto político que ha entendido la coyuntura histórica global y ha elegido su bando. Vivimos en un planeta que ha chocado contra sus límites físicos: el fin de la energía barata, la crisis climática y el agotamiento de los recursos marcan el final de la era del crecimiento perpetuo. El decrecimiento material ha dejado de ser una propuesta ideológica para convertirse en una realidad geofísica ineludible. La verdadera disputa del siglo XXI, por lo tanto, no gira en torno a la posibilidad de crecer, sino al diseño del inevitable descenso: ¿será un decrecimiento democrático, planificado y orientado al bienestar colectivo, o será uno autoritario, diseñado para conservar los privilegios de una minoría mediante el sacrificio de las mayorías? La brusca desinversión que muestran las cifras oficiales es la respuesta práctica a esta pregunta. Es la ejecución de un decrecimiento de élite, cuya lógica última es ecofascista: reducir la presión sobre el sistema no cambiando sus bases depredadoras, sino eliminando a quienes considera carga prescindible.
El diagnóstico científico es claro. La termodinámica y la ecología política demuestran que una economía que exige crecimiento exponencial en un sistema finito está condenada al colapso. La única salida racional es una reducción consciente y justa del metabolismo económico, una transición planificada que preserve la vida digna dentro de los límites de lo posible. Este análisis, ausente del discurso público oficial, sin embargo, estructura sus acciones de manera perversa. El gobierno no propone un pacto social para navegar la escasez, sino que utiliza la crisis como una oportunidad para implementar un ajuste demográfico y económico que redistribuye la escasez en favor del poder establecido.
En este punto, la contradicción histórica del peronismo se vuelve un espejo revelador. El peronismo clásico edificó su legitimidad en la promesa de desarrollo nacional y justicia social dentro del paradigma industrial, una promesa que dependió de la energía barata y los materiales abundantes del siglo pasado. Para cumplirla, abrió las puertas a la inversión extranjera, intercambiando soberanía sobre sectores estratégicos por la ilusión de un progreso infinito. Su jactancia por el flujo de capitales foráneos delata su anclaje en una era extinguida: creyó en un crecimiento que ya no es materialmente posible. Su proyecto, atrapado entre la retórica soberanista y la práctica dependiente, naufraga hoy no solo por sus inconsistencias políticas, sino porque el horizonte de abundancia en el que se fundó se ha esfumado.
Frente a este anacronismo, el gobierno actual actúa con un realismo brutal. Comprende que el crecimiento es una ficción, pero en lugar de organizar una retirada ordenada, ejecuta una estrategia de descarte. La caída de la inversión es funcional a este objetivo: se desalienta el capital que financia la economía compleja y el empleo masivo, es decir, la base material que sostiene a una población numerosa. En su lugar, se apuesta a un modelo extractivo de baja ocupación laboral y alto rendimiento energético, que genera divisas para el circuito financiero mientras desarticula comunidades.
Este no es un mero ajuste económico. Es la implementación de un principio ecofascista: la población, especialmente la pobre y vulnerable, es vista como el problema principal para la “sostenibilidad”. La lógica malthusiana se aplica a través de medios económicos. El shock inflacionario, la eliminación de subsidios básicos y el desmantelamiento de la salud pública operan como un filtro demográfico silencioso. No se decreta una purga, pero se crean las condiciones —hambre, enfermedad, frío, desesperanza— que elevan la mortalidad y reducen la natalidad entre los pobres. El darwinismo social de la retórica oficial (“el que no sirve, se cae”) proporciona la justificación moral para esta selección. El sufrimiento de millones se naturaliza como un reequilibrio necesario, el costo de que el sistema vuelva a ser “sostenible” para los que quedan.
La síntesis final es por lo tanto aterradora. Nos encontramos ante la confluencia de dos fracasos que generan un monstruo. Por un lado, el fracaso del proyecto nacional-desarrollista, encarnado por el peronismo, que no pudo—ni puede—resolver su paradoja de soberanía en un mundo de recursos menguantes. Por el otro, la renuncia total a cualquier ideal de equidad, reemplazado por un realismo cínico que adopta la lógica del colapso como manual de gobierno. El resultado es un híbrido perverso: un régimen que niega verbalmente la ciencia climática pero aplica en la práctica la solución más oscura del ecologismo reaccionario.
La cifra de inversión extranjera negativa es, en definitiva, la huella dactilar de este proyecto. No señala un país que nadie quiere financiar, sino un país cuyo gobierno ha decidido que grandes segmentos de su población y su entramado productivo son superfluos. Es la estadística fundacional del decrecimiento autoritario, la primera línea de un plan que busca la sostenibilidad del privilegio en la erosión calculada de la vida de los muchos. La batalla que viene ya no es por el desarrollo, sino por la definición misma de humanidad en la era del descenso.
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