HAGAN YA SU DUELO (El velorio está en el Golfo San Jorge)
El término "decrecimiento" irrumpe en el debate público rodeado de un ruido ensordecedor que, con frecuencia, ahoga su significado fundamental. Se lo despacha como una utopía reaccionaria, un proyecto de pobreza generalizada o, en el mejor de los casos, como un mero eslogan anticapitalista. Esta reducción ideológica es un error peligroso, pues oculta el núcleo duro e incómodo del que surge: un diagnóstico científico, no una preferencia política. El diagnóstico es sencillo en su formulación y brutal en sus implicaciones: la economía global, entendida como un flujo metabólico de materia y energía, ha superado los límites biofísicos de la Tierra. Los datos son irrefutables: la humanidad traspasó ya seis de los nueve límites planetarios claves, desde la integridad de la biosfera hasta la alteración de los ciclos biogeoquímicos. El crecimiento económico, medido en PIB, ha estado intrínsecamente ligado a este aumento metabólico; desde 1970, la extracción global de materiales se ha triplicado, y continúa creciendo. La conclusión no es ideológica, sino termodinámica: en un sistema finito, el crecimiento exponencial es imposible. Por lo tanto, una contracción —un decrecimiento— del metabolismo económico global no es una opción entre otras, sino una inevitabilidad. La única pregunta real es si será planificada y socialmente justa, o caótica y brutalmente impuesta por el colapso ecológico.
Este diagnóstico universal, sin embargo, exige una prescripción radicalmente asimétrica y contextual. Aquí es donde América Latina, con su histórico rol de proveedor de materias primas y sufre la herida abierta del extractivismo, juega un papel decisivo. La región no es un mero espectador de esta crisis metabólica; es una de sus principales zonas de sacrificio. La minería a cielo abierto, la deforestación para la agroindustria y la expansión de los monocultivos de soja no son solo modelos económicos; son la expresión concreta de ese metabolismo global desbocado que devora fronteras y comunidades. En este contexto, la figura del campesino, del indígena y del pequeño productor se revela no como un vestigio del pasado, sino como un dirigente civilizatorio imprescindible. Sus luchas por la tierra, sus prácticas agroecológicas y sus modos de vida basados en la reciprocidad con el territorio no son meras reivindicaciones sectoriales. Encarnan un conocimiento práctico de cómo habitar un lugar sin destruirlo, una prescripción viva para una economía que ya no puede alimentarse del infinito. Ellos no "vuelven" a la tierra; nunca se fueron de ella, y en su resistencia está la memoria de un posible futuro.
Ante esta realidad, es imperativa una autocrítica profunda y valiente en sectores políticos que, aún con discursos de justicia social, permanecen atrapados en el paradigma desarrollista. Esta crítica debe extenderse más allá de los modelos neoliberales para penetrar el corazón de las tradiciones populares y revolucionarias de la región, las cuales cargan con mitos que hoy resultan letales. El Peronismo en Argentina es un caso emblemático y doloroso. Su histórica bandera de la redistribución y la soberanía política ha quedado, en la práctica, secuestrada por la ilusión de que es posible redistribuir los frutos de un modelo extractivista que, por definición, es depredador y concentrador. La apuesta por los megaproyectos mineros, el fracking en Vaca Muerta o la expansión de la frontera sojera como motores del desarrollo, son una negación práctica del diagnóstico biofísico. Pero esta contradicción hunde sus raíces en un mito fundacional que debe desmantelarse: la nostalgia por el proyecto industrialista de los años 40 y 50, simbolizado en la explotación del Golfo San Jorge. Aquel impulso, aunque progresista en su intención distributiva, se insertaba sin cuestionamientos en el paradigma global de conquista y dominio de la naturaleza. Celebrar aquel momento sin una crítica ecológica es caer en la trampa de la nostalgia: se anhela el sueño de justicia social de aquel período, pero se olvida que su base material —la explotación intensiva de recursos— era ya insustentable a escala planetaria. El verdadero legado que debe criticarse no es la aspiración a la soberanía, sino la creencia de que esta soberanía puede construirse imitando el patrón metabólico de los imperios industriales, un patrón que nos llevó al borde del colapso.
Este mismo espejismo desarrollista intoxica a amplios sectores de la izquierda tradicional, que observan el decrecimiento con profundo recelo, tachándolo de "malthusianismo" o de un lujo pequeño-burgués que frena las fuerzas productivas. Este escepticismo hunde sus raíces en un dogma heredado: la fe en el desarrollo de las fuerzas productivas como etapa necesaria e inexorable hacia un futuro socialista. Es la ilusión, nunca completamente abandonada, de un "desarrollismo rojo" al estilo soviético. Se mira a la Unión Soviética no solo por su proyecto político, sino por su epopeya industrializadora. Pero se omite, una vez más, el costo metabólico de aquella hazaña: la URSS fue uno de los regímenes más ecocidas de la historia, con un modelo de industrialización pesada que operó bajo la misma lógica de dominio tecnocrático sobre la naturaleza que el capitalismo occidental. Creer que se puede repetir ese modelo, pero "en verde" o bajo control obrero, es un error catastrófico. Ignora que aquellos logros se dieron en la era de la Gran Aceleración, cuando la biocapacidad del planeta parecía no tener fin, y que intentar replicarlos hoy sería acelerar nuestra marcha hacia el abismo. Esta izquierda, anclada en un materialismo histórico que olvidó incorporar a la naturaleza como base material absoluta, no comprende que las "fuerzas productivas" desatadas sin límite se han convertido en fuerzas destructivas que socavan la base misma de toda sociedad futura, incluidas las socialistas.
Separar el diagnóstico de la prescripción es, entonces, un acto de rigor intelectual y responsabilidad histórica que exige un doble duelo. Primero, el duelo por el desarrollismo periférico: reconocer que el tren de la industrialización fósil y el consumo masivo al estilo del siglo XX partió para no volver, y que su estela es la crisis ecológica terminal. Segundo, el duelo por el desarrollismo revolucionario: abandonar la teleología que confunde progreso con expansión material infinita. La verdadera ruptura revolucionaria del siglo XXI ya no está solo en la propiedad de los medios de producción, sino en la transformación radical del metabolismo social. Implica construir, desde los territorios y las luchas de quienes nunca creyeron en el mito del progreso destructivo —el campesino, el indígena, las comunidades de resistencia—, una prosperidad que no dependa de devorar el mundo. América Latina tiene ante sí una disyuntiva existencial: puede seguir siendo la periferia que alimenta el metabolismo que la mata, aferrándose a los cadáveres ideológicos del desarrollismo tanto nacional como socialista, o puede, desde su dolorosa experiencia extractivista, liderar la búsqueda de un modelo post-crecimiento. La física no negocia. Quienes sigan negando el diagnóstico, vestidos con los ropajes gastados de un progreso que fue, en sí mismo, la enfermedad, no solo estarán equivocados. Estarán allanando activamente el camino hacia el colapso.
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