GRACIAS A DIOS, COLAPSO

He estado semanas intentando escribir sobre el colapso civilizatorio y no lograba avanzar porque todo sonaba a profecía apocalíptica, a funeraria del futuro, a ese discurso que nos paraliza justo cuando más necesitamos imaginar, pero anoche mientras leía sobre los mayas me golpeó una epifanía tan simple que duele no haberla visto antes: llevamos décadas celebrando el entierro equivocado, porque los mayas no desaparecieron, siguen ahí, son once millones de personas que hablan sus lenguas, mantienen sus cosmovisiones, cultivan sus milpas y nos miran con la paciencia de quien ya ha visto morir imperios enteros sin necesidad de morirse con ellos, y de repente todo ese relato catastrófico que nos han vendido sobre ciudades engullidas por la selva se reveló como lo que es, una proyección de nuestro propio miedo a soltar el poder, porque lo que realmente ocurrió cuando las estelas dejaron de tallarse y los palacios se vaciaron no fue un apocalipsis sino una reconfiguración profunda, un proceso de desjerarquización y reruralización que permitió a la gente común seguir viviendo mientras las élites y sus templos quedaban vacíos, y no tardaron cien años en quedar cubiertos por la jungla porque aquella naturaleza que habían deforestado para sostener la megalomanía de sus gobernantes simplemente reclamó lo suyo en cuanto la presión disminuyó, mostrándonos que el colapso ecológico también puede ser reversible cuando dejamos de exigirle al planeta más de lo que puede dar, y entonces pensé en Carlos Taibo y sus conceptos de autonomía local, en cómo el colapso de las grandes estructuras no es necesariamente una tragedia para quienes viven en sus márgenes, y recordé el caso de los bagaudas, esos esclavos y campesinos que entre los siglos IV y VI desertaron del Imperio Romano para internarse en los bosques de lo que hoy es el norte de España, Francia, Bélgica, Suiza, a quienes la historia oficial llamó salteadores de caminos pero que probablemente estaban construyendo algo mucho más interesante, comunidades organizadas horizontalmente, economías de subsistencia, vidas enteras transcurriendo por fuera de los mandatos imperiales mientras Roma se desmoronaba sin que ellos lo sintieran como su desmoronamiento, y si aplicamos esta mirada al famoso colapso de la Edad del Bronce que Eric Cline documenta en 1177 a.C. podemos ver lo mismo, que aunque los palacios micénicos ardieron y las rutas comerciales se rompieron, la gente siguió viviendo en aldeas, transmitiendo conocimientos, adaptándose, esperando, y de aquellas cenizas surgieron formas nuevas que nada tenían que envidiar a lo destruido, y entonces llega Ameri con su pregunta brutal sobre si Auschwitz comienza el siglo XXI y uno entiende que lo que realmente debemos colapsar es esa maquinaria de jerarquización extrema, de cosificación del ser humano, de organización burocrática del horror, y que por eso mismo deberíamos recibir con alivio, casi con gratitud, el colapso de todo aquello que nos deshumaniza, porque el derrumbe de los imperios puede ser también la liberación de los pueblos, el fin de las pirámides puede significar el principio de los bosques, y cuando miramos con honestidad la historia de la humanidad lo que vemos no es una sucesión de catástrofes sino una interminable cadena de reinvenciones, de comunidades que supieron abandonar lo insostenible para abrazar lo vivo, de gentes que entendieron que a veces la única manera de sobrevivir es dejar que el mundo que conocían termine para que otro diferente, quizás más pequeño pero más digno, pueda comenzar, por eso hoy quiero decir gracias a dios, colapso, gracias a dios por todas las estructuras que caerán, por los imperios que se desmoronarán, por las jerarquías que ya no podrán sostenerse, gracias por la selva que crecerá sobre el asfalto, por los bosques que reclamarán los territorios deforestados, por las comunidades que redescubrirán el valor de lo próximo, por la autonomía que germinará en las ruinas de la centralización, gracias porque el colapso no es el fin del mundo sino el fin de un mundo, y hay una diferencia abismal entre ambas cosas, una es el silencio definitivo, la otra es apenas el ruido de una puerta que se cierra para que otra, más ancha y más humana, pueda abrirse.

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