FIN DE LA ERA DE ALIMENTOS BARATOS Y ABUNDANTES (Misiones en el ojo de la tormenta).
El artículo periodístico sobre el mercado de fertilizantes que analizaba hoy (ver imágen) es una pieza de precisión técnica que describe, sin saberlo, la autopsia de un modelo condenado. Nos habla de precios del MAP en 875 dólares la tonelada, de oferta ajustada de urea y de cautela de los productores argentinos, pero lo hace desde una torre de marfil que se niega a ver el precipicio. Lo que el informe llama "factores de incertidumbre" (gas caro en Europa, tensiones geopolíticas, disrupciones climáticas) no son anomalías pasajeras: son la nueva normalidad de un sistema que choca contra los límites biofísicos del planeta. Y en el centro de esta tormenta perfecta hay una verdad que el agronegocio no quiere reconocer: los suelos están biológicamente muertos.
Hace décadas que la agricultura industrial, basada en la lógica de la Revolución Verde, viene aplicando dosis masivas de fertilizantes de síntesis química sin entender que esos compuestos no reemplazan la función de la microbiología del suelo. El intercambio iónico que permite a las plantas absorber nutrientes no lo realiza el fertilizante granulado que esparce la sembradora; lo realiza la vida microscópica del suelo, las bacterias, los hongos micorrícicos, la materia orgánica. Pero esa vida ha sido aniquilada por décadas de aplicación de agroquímicos, monocultivo y labranza intensiva. Según la Convención de Lucha contra la Desertificación de la ONU, el 33% de la tierra a nivel global se encuentra de moderada a altamente degradada, afectando a 1.500 millones de personas . La consecuencia es implacable: al no haber biología que facilite la absorción, los suelos ya no pueden retener los nutrientes que se les aplican. Por eso, aunque se tripliquen las dosis, la respuesta es cada vez menor. Estamos en una cinta de correr ecológica: necesitamos aplicar más fertilizante para compensar un suelo que ya no puede retenerlo, y cada aplicación adicional degrada un poco más la biología remanente, profundizando la dependencia.
Esta dinámica explica por qué el encarecimiento de los fertilizantes no es un ciclo, sino una tendencia que se va a acelerar inexorablemente. El gas natural, materia prima de los nitrogenados, es un recurso finito cuyo cenit ya estamos transitando. El fósforo, elemento no sustituible y esencial para la vida, tiene reservas comerciales concentradas en Marruecos y el Sáhara Occidental, y su pico de producción es inminente. La guerra en Ucrania no hizo más que exponer una fragilidad estructural: Rusia y Bielorrusia son proveedores clave de potasio, y cualquier disrupción geopolítica dispara los precios . El modelo Aglink-Cosimo de OCDE-FAO estima que por cada aumento del 1% en los precios de los fertilizantes, los precios de los alimentos suben un 0,2% . Pero ese cálculo lineal no captura el punto de quiebre: cuando el costo del insumo supera el valor de la cosecha, la ecuación simplemente explota.
En este escenario de vacas flacas, el capitalismo agrario tiene una respuesta previsible: expandir la frontera. Y ahí es donde la provincia de Misiones entra en la mira. El mismo artículo que describe con frialdad las cotizaciones de la urea está trazando, sin decirlo, el mapa de la próxima avanzada depredadora. La selva paranaense, uno de los ecosistemas más biodiversos del planeta, el hogar de miles de familias campesinas y comunidades guaraníes, es vista por el agronegocio como "nuevos suelos disponibles". La lógica es perversa: como los suelos de la pampa húmeda están exhaustos, químicamente dependientes y biológicamente estériles, hay que buscar tierras vírgenes donde la materia orgánica aún permita unos ciclos de cosecha sin insumos astronómicos. Pero convertir la selva misionera en soja o pino es un crimen ecológico y social. Detrás de cada hectárea desmontada hay familias campesinas expulsadas por la topadora, comunidades enteras que engrosan las periferias de las ciudades en un éxodo rural forzado. Y eso, aunque no se explicite en los informes de la consultora IF Ingeniería en Fertilizantes, es parte del plan: la concentración de la tierra no se detiene, solo busca nuevos territorios que devorar.
Frente a este panorama, el decrecimiento no es una opción ideológica: es un diagnóstico de supervivencia. Necesitamos producir menos, pero mejor. Necesitamos reconstruir la microbiología de los suelos con prácticas agroecológicas, con rotación de cultivos, con integración ganadera, con abonos verdes y con la recuperación del conocimiento campesino que la Revolución Verde despreció. La FAO reconoce que la agroecología puede ser competitiva si se invierte en investigación y se incentiva la transición . Pero esa transición no va a venir de las grandes corporaciones ni de los ministerios capturados por el lobby agroindustrial. Tiene que venir de abajo. Son los municipios, las organizaciones campesinas, las ferias francas, las cooperativas de consumo, los que deben ponerse a la cabeza de una planificación territorial que ponga la vida en el centro. Hay que construir soberanía alimentaria local, circuitos cortos de comercialización, bancos de semillas criollas y sistemas de producción que no dependan de un barco con urea llegando a tiempo desde el Golfo Pérsico. La era de los alimentos baratos y abundantes terminó. Lo que viene será escasez, encarecimiento y conflicto, a menos que decidamos, organizadamente, construir otra forma de habitar la tierra.
Comentarios
Publicar un comentario