EL SÍNDROME EN SANTA CLARA DE LA RESILIENCIA.

La luz del amanecer tejía hilos de oro entre los surcos de la huerta comunal. Marta, con las manos hundidas en la tierra tibia, sintió de pronto un escalofrío. No era el frescor de la mañana. Era un recuerdo físico: la vibración de un motor ajeno a través del volante de su viejo auto, el zumbido blanco de una heladera siempre llena de cosas que nunca acababan. La memoria de un mundo que ya no existía.


Antes —en la Era del Despilfarro, como la llamaban los ancianos— la civilización había sido una máquina perfecta y suicida. Construida sobre el petróleo barato, todo fluía sin cesar: alimentos de continentes lejanos, gadgets que se reemplazaban cada año, noticias que estallaban y se olvidaban en segundos. Las ciudades brillaban como constelaciones artificiales, pero bajo su luz la gente se sentía más sola. Luego, el petróleo se volvió escaso y carísimo. Las cadenas de suministro, ese milagro invisible, se quebraron como hilos de cristal. El colapso no fue una explosión, sino un largo desinflarse: primero el lujo, luego la comodidad, al final la seguridad. Los que sobrevivieron lo hicieron aprendiendo a mirar hacia adentro y hacia el suelo bajo sus pies.


De aquel naufragio, Santa Clara de la Resiliencia era un salvavidas construido con esmero. La población se organizaba no alrededor del consumo, sino del cuidado. En lugar de un intendente, un Consejo de la Transición formado por sorteos ciudadanos, ancianos que recordaban cómo se curaban las plantas y se tejía sin plástico, técnicos que diseñaban soluciones sencillas, y jóvenes que vigilaban que las decisiones no hipotecaran el futuro. La moneda era el Tiempo, literalmente: horas de trabajo intercambiadas. La tierra era del municipio, pero quien la cultivaba con respeto podía usarla. La energía venía del sol y del viento, justa para lo esencial: iluminar la biblioteca, conservar medicinas, moler el grano. No había tráfico, solo el rumor de las bicicletas y los pasos sobre los adoquines.


Pero el mundo muerto no se iba del todo. Dejaba fantasmas en la mente. Lo llamaban El Síndrome: una ansiedad repentina por el ritmo perdido, por la gratificación instantánea, por la ilusión de elección infinita. Un anhelo por cosas que ya no existían, ni eran necesarias, pero cuyo eco dolía.


Marta fue a la Casa de los Espejos, un espacio acristalado donde los antiguos publicistas, reconvertidos en terapeutas de la memoria, ayudaban a desmontar los viejos deseos.


“Soñé con un supermercado”, confesó. “Pasillos interminables llenos de latas brillantes. Y en el sueño, no tenía prisa. Solo… posibilidad.”


“El Síndrome no te hace extrañar la lata, Marta”, dijo Luis, el guía, mientras regaba unas hierbas aromáticas. “Te extraña la promesa de que la felicidad estaba en el siguiente pasillo, siempre a la vuelta de la esquina. Era una prisa sin destino. Aquí el destino es éste.” Señaló la ventana, donde unos niños regaban los bancales comunitarios.


Esa tarde, en la Plaza del Renacimiento, se celebraba el Rito de la Transformación. No era un acto de duelo, sino de alquimia colectiva. La gente traía reliquias inútiles del viejo mundo. Una mujer mostró un trozo de una tarjeta de crédito. “Esto era mi ansiedad materializada: pedir prestado al futuro para pagar un presente vacío”. La depositó en el Horno Solar, donde el plástico, fundido, serviría para sellar juntas en los invernaderos. Un hombre llevó el control remoto de una televisión. “Esto apagaba mi capacidad de aburrirme, y el aburrimiento es la cuna de la creatividad”. Lo desmontaron para extraer los resortes, útiles ahora para trampas de ratón en los graneros.


Marta llevó su objeto: una cápsula de café de aluminio, vacía y ligera como un cascarón. “Esto era la prisa mañanera. La ilusión de que un gesto mecánico podía sustituir a un ritual.” La colocó con cuidado en la bandeja que alimentaría el horno. No hubo tristeza, sino un murmullo de reconocimiento. El rito terminaba siempre con la misma frase, coreada por todos: “Lo que era cadena, ahora es libertad”.


La comunidad tenía respuestas ingeniosas para los ataques de Síndrome. Existía el Jardín de los Sabores Perdidos y Encontrados, donde se recreaban sensaciones con lo local: un caramelo de miel y pétalos que evocaba un perfume antiguo, una infusión que sabía a bosque. Y estaba el Banco de Tiempo del Deseo, donde si anhelabas “comodidad”, podías canjear horas por una sesión de masaje o que te leyeran un cuento.


La verdadera prueba llegó con el primer gran desafío ecológico: una plaga de escarabajos que amenazaba los cultivos de papa. En la Asamblea, surgió la voz rápida, la solución del mundo colapsado. Tomás, cuyo oficio antes era conductor de camiones, propuso lo impensable: “Hay un almacén olvidado en la ruta antigua. Lleno de pesticidas. Podríamos ir, traerlos, acabar con esto en un día.”


Un silencio denso cayó sobre la sala. Todos recordaban los ríos muertos, los suelos estériles de los que hablaban los ancianos, consecuencia de esas mismas “soluciones” rápidas.


Fue Elena, una de las más jóvenes del consejo, quien rompió el silencio. Su voz era clara, sin reproche. “Tomás, eso es el Síndrome de toda la comunidad. Es la nostalgia del botón mágico, del veneno que cura hoy y mata mañana. Nuestros abuelos usaron ese botón hasta que dejó de funcionar y envenenó el pozo.” Propuso, en cambio, un plan movilizador: recoger manualmente los escarabajos al amanecer, aumentar la población de gallinas en la zona, plantar especies que los repelieran. Sería lento, requeriría a todos.


La votación no fue unánime, pero sí mayoritaria. La opción lenta, viva y colectiva ganó. Al salir, Tomás no parecía derrotado, sino pensativo. “Es duro”, le confesó a Marta. “Desaprender es más difícil que aprender.”


Marta caminó a casa bajo un cielo cuajado de estrellas, un espectáculo que la contaminación lumínica del viejo mundo había robado durante generaciones. Sintió de nuevo el cosquilleo del Síndrome, pero ahora lo reconoció: no era el deseo de volver atrás, sino el último temblor de un hábito neuronal que se extinguía. El viejo mundo había colapsado porque confundió velocidad con avance, y cantidad con calidad.


Santa Clara no era perfecta. Había disputas, cansancio, días grises. Pero tenía algo que la civilización del petróleo, en su frenesí, había perdido: un sentido de propósito común, visible en cada hoja verde que brotaba donde antes había asfalto, en cada mirada que se cruzaba en la plaza, reconociéndose no como consumidores, sino como vecinos, como guardianes de un futuro frágil y precioso que estaban tejiendo, lentamente, con sus propias manos.


El camino era incierto, pero ya no iban a ciegas. Iban, por primera vez, atentos al paisaje.

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