EL BUENO, EL MALO Y EL FEO: LA AGROECOLOGIA, EL PETRÓLEO Y EL PODER.

Estuve pensando que el decrecimiento del que hablan los diagnósticos científicos, y que significa una amenaza de colisión o colapso, no estará signado por un derrumbe abrupto sino más bien por un escenario más complejo en el que las estructuras convencionales de lo instituido pasarán por transformaciones constituyentes en sendero hacia una fragmentación progresiva y por ende hacia formas de doble poder hegemónico. Pienso en los cárteles de la droga por ejemplo pero también en experiencias de comunidades organizadas en territorio como puede ser la experiencia del EZLN en México y otras más. Más allá de las cualidades que tenga cada experiencia, no deja de ser central la sustentabilidad en contexto de peak oil y límites planetarios. De allí que deduzco que más allá de cuánto tiempo convivan esas fuerzas habrá a la larga un superviviente claro. Además imagino que esos poderes en pugna (muchos quizás legítimos aunque no legales) no necesariamente parecerán una relación conflictiva. Es posible imaginar escenarios de cooperación e interdependencia coyuntural. En fin siento que es importante postear elementos de análisis en este sentido dado que la ciencia no consigue al parecer ir más allá del diagnóstico aséptico.


Para entender lo que viene necesitamos definir qué es el poder con petróleo y qué será sin él. En la era del superávit energético, el poder ha sido la capacidad de comandar flujos globales de energía, capital e información para organizar territorios y poblaciones a distancia, sosteniendo estructuras jerárquicas complejas mediante un excedente que permite la especialización extrema y la acumulación infinita. El petróleo es energía concentrada, portátil y versátil que ha permitido deslocalizar las decisiones y anestesiar las consecuencias territoriales de las mismas, creando un poder abstracto donde el dinero se desconecta de cualquier base material y las élites controlan flujos en lugar de producción directa. Sin petróleo en cambio el poder será la capacidad de gestionar y defender un territorio concreto y sus recursos inmediatos como agua, suelo fértil y biodiversidad, sosteniendo la cohesión de un grupo humano mediante el trabajo colectivo, el conocimiento práctico y la administración cuidadosa de la energía disponible sea humana, animal o renovable local. Sin combustible barato para el transporte el poder solo puede ejercerse efectivamente sobre distancias cortas, el control territorial ya no se logra con presencia militar puntual sino con ocupación efectiva y cotidiana, las decisiones sobre el agua la comida y la seguridad se toman donde ocurren las cosas y el poder central se vuelve nominal o irrelevante.


Esta transformación material contiene un criterio ético-político fundamental que es la valoración de la persona humana como unidad de poder. En el poder con petróleo la persona importa cada vez menos porque el ciudadano se vuelve gestión estadística, un dato antes que una presencia, y los derechos humanos se convierten en ficción legal sin respaldo material cuando el sistema entra en estrés energético. Es más eficiente para el poder abstracto gestionar poblaciones enteras como prescindibles y el descarte se vuelve lógica: se legisla para que sea legal lo que ya era materialmente cierto, que hay vidas que no importan. En el poder sin petróleo en cambio la persona vuelve a ser central no por bondad sino por necesidad física, porque sin combustibles fósiles la principal fuente de energía vuelve a ser el cuerpo humano, cada persona es una unidad de trabajo de cuidado de conocimiento, y una comunidad que pierde miembros se debilita materialmente. El saber vuelve a residir en las personas no en los servidores, la presencia se vuelve requisito del poder y la subjetividad colectiva deja de ser abstracción ideológica para convertirse en condición de supervivencia. Lo que hoy vivimos como avance de pérdidas de derechos es la manifestación política de la transición energética, la fase donde el viejo poder ya no puede sostener la ficción de los derechos universales porque no tiene energía para hacerlo y el nuevo poder aún no se ha consolidado lo suficiente como para ofrecer una alternativa de pertenencia y protección.


En este contexto de transición forzada por los límites planetarios resulta estúpido observar el derroche descomunal de recursos y energía en tecnologías como Palantir y todo el complejo industrial militar. Sistemas de vigilancia y control hipercomplejos requieren una infraestructura energética y material colosal que será energéticamente insostenible cuando el excedente se contraiga, y la paradoja es que están diseñados para gestionar poblaciones en un mundo globalizado que se está fragmentando. Invertir en estos sistemas en la fase actual es como construir catedrales góticas en un pueblo que se está quedando sin campesinos, es la negación de la física mediante la fantasía financiera, un derroche de recursos que podrían destinarse a construir resiliencia local pero el sistema no puede hacerlo porque su lógica es la acumulación no la supervivencia. En esa misma línea de estupidez energética encontramos el reciclaje de armas nucleares para obtener combustible, como el programa Megatones a Megavatios que durante veinte años convirtió veinte mil cabezas nucleares soviéticas en el diez por ciento de la electricidad de Estados Unidos, o los planes actuales para usar uranio y plutonio de ojivas desmanteladas alimentando centros de datos de inteligencia artificial. Convertir instrumentos de muerte masiva en combustible para mantener la civilización funcionando un poco más es la metáfora perfecta de nuestra época: usamos los restos de nuestra capacidad de autodestrucción para alimentar la fantasía de un futuro tecnológico que la termodinámica ya está haciendo imposible.


La física implacable que explica por qué este derroche es insostenible se resume en el concepto de Tasa de Retorno Energético. Cuando la TRE cae a 5:1 o menos la sociedad ya no puede permitirse el lujo de la complejidad porque la mayor parte de la energía se va en conseguir la siguiente unidad de energía y apenas queda para nada más. Por debajo de ese umbral cada pequeña disminución provoca una caída enorme en la energía neta disponible para la sociedad, es el acantilado energético. Esto significa menos especialización porque no hay excedente para mantener burócratas o tecnócratas no esenciales, infraestructura que se degrada porque no hay energía para repararla, finanzas ficticias que intentan compensar la falta de energía física con deuda, y conflictos por recursos menguantes. La tecnología de punta y el umbral de 5:1 son las dos caras de la misma moneda: la primera es el síntoma de una civilización que en su fase de declive energético redobla la apuesta por el control en lugar de redirigir sus esfuerzos hacia la adaptación, la segunda es la causa física que hace que esa estrategia sea estúpida porque cuando la energía neta disponible cae no hay forma material de sostener esa complejidad tecnológica. La transición hacia la fragmentación y el doble poder no es una opción ideológica sino una imposición termodinámica, y los derechos humanos son la víctima silenciosa de este proceso porque son lo más caro de sostener en términos energéticos: reconocer la dignidad de cada persona cuesta energía que el sistema ya no tiene.


Y aquí es importante destacar un caso concreto que ilustra todo esto con precisión quirúrgica: la principal fuente de energía fósil en Argentina hoy es Vaca Muerta, y su Tasa de Retorno Energética real ronda el 5:1 o incluso menos si se quita de la ecuación los subsidios que el Estado inyecta para hacerla viable. Esto significa que por cada unidad de energía que se invierte en extraer ese gas y petróleo no convencional, se obtienen apenas cinco unidades, y si calculamos sin el maquillaje de los subsidios que pagan todos los argentinos a través de sus impuestos y tarifas, el retorno energético neto es aún más magro, acercándose peligrosamente al umbral por debajo del cual la extracción deja de tener sentido físico aunque todavía lo tenga financiero gracias a la transferencia de riqueza de la población hacia las empresas extractivas. Detrás del discurso de la grandeza energética y la soberanía de Vaca Muerta lo que hay es una operación de contabilidad creativa donde el Estado obliga a la población a pagar para que se asegure el saqueo de sus propios recursos, un mecanismo perverso donde los ciudadanos subsidian a las corporaciones para que estos les extraigan el gas y el petróleo que luego les venden más caro, y todo esto mientras la TRE real se acerca al límite termodinámico que históricamente ha significado la desintegración de sociedades complejas. El mismo razonamiento aplica al impulso de traer inversión de megaminería, un modelo que sólo resulta seductor para las corporaciones extranjeras en tanto que el Estado garantice una TRE artificial mediante subsidios directos e indirectos, es decir transfiriendo renta de la población empobrecida hacia empresas que vienen a llevarse los minerales estratégicos dejando a cambio pasivos ambientales que durarán miles de años y comunidades devastadas. La megaminería no es viable sin que el conjunto de la sociedad argentina pague la diferencia entre lo que cuesta extraer y lo que realmente vale la energía y los recursos que se consumen en el proceso, es decir que el negocio existe porque el Estado obliga a la gente a regalar su trabajo y su patrimonio para que unos pocos se lleven lo que queda. Este es el significado profundo del poder con petróleo en su fase terminal: la capacidad de sostener mediante coerción estatal y ficción financiera una extracción que la termodinámica ya condenó, transfiriendo el costo energético real desde las corporaciones hacia la población, mientras los derechos se erosionan y las personas se vuelven cada vez más prescindibles para un sistema que sólo puede mantenerse canibalizándose a sí mismo y a sus propios ciudadanos. La pregunta que queda flotando es en qué tipo de poder sin petróleo estaremos dispuestos a ser personas que importan, y si seremos capaces de reconocer que el primer paso para construir esa alternativa es dejar de pagar con nuestros cuerpos y territorios la ficción de un modelo que ya no tiene retorno energético ni sentido físico alguno.

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