DECRECIMIENTO Y BIOSEMIÓTICA
El lenguaje se está vaciando. Las palabras, que alguna vez fueron puentes, viajan ahora como vagones sin carga de un lado a otro, y la escucha profunda, esa capacidad de recibir al mundo antes de interpretarlo desde la defensa del yo, se ha atrofiado por desuso. Las redes sociales no son la causa de este deterioro sino su síntoma más visible, el espejo que acelera un vacío preexistente donde el otro dejó de ser un interlocutor para convertirse en eco o amenaza. En este paisaje de palabras huecas y soledad digital, el decrecimiento global irrumpe como experiencia vital ineludible: el futuro ya no promete mejora, los recursos menguan, la certidumbre se desvanece, y cuando el horizonte se cierra el miedo se instala como única certeza, buscando culpables simples para catástrofes complejas.
Sobre este terreno abonado prospera hoy algo más profundo que una ideología: una ocupación del vacío que necesita que el lenguaje siga deteriorándose, que los matices desaparezcan, que la escucha muera definitivamente. Por eso la resistencia no puede ser solo política ni solo económica. Tiene que ser también, y quizás fundamentalmente, semiótica. Y aquí la biosemiótica nos ofrece una clave inesperada: el lenguaje es un fenómeno inmensamente más vasto que las palabras humanas. Una célula habla con otra mediante señales químicas. Un árbol habla con sus vecinos a través de redes fúngicas y compuestos volátiles. Una planta despliega la inteligencia distribuida que Stefano Mancuso describe, un bosque entero teje la conversación subterránea que Suzanne Simard documentó, y el micelio opera como el sistema operativo de ese diálogo planetario que Paul Stamets revela. Nuestro propio cuerpo es una sinfonía biosemiótica constante de hormonas, gestos, tensiones y silencios que comunican mucho más de lo que las palabras pueden atrapar.
Las civilizaciones precapitalistas y precolombinas nunca olvidaron esto. La cosmovisión kichwa, con sus tres mundos interconectados donde el sol, la tierra y los espíritus dialogan sin cesar, donde cada dirección sagrada tiene un ser y una función, donde la montaña no es un recurso sino un abuelo que debe ser escuchado, no describe una metáfora poética sino una realidad donde lo humano no se ha separado de lo vivo. Esas culturas no interpretan la naturaleza desde la defensa del yo, la escuchan, porque saben que la naturaleza les está hablando todo el tiempo en un lenguaje que incluye pero excede infinitamente a las palabras articuladas. En sus genes mismos quedó inscrita la respuesta a los lenguajes del territorio, porque el diálogo con el mundo no es una operación intelectual sino una relación viva que deja huella en la biología más íntima.
Volver a la naturaleza es volver a ser humanos. No en el sentido de un retorno romántico a un pasado imposible, sino en el de recuperar nuestras cualidades biosemióticas, esa capacidad de escuchar con todo el ser, de salir de la burbuja donde el otro es solo amenaza, de reconstruir comunidades donde la pertenencia no sea contra alguien sino con alguien, de recordar que somos lenguaje pero en un sentido vasto que incluye los gestos, las hormonas, los silencios, las raíces, los micelios, toda esa inmensa conversación que nunca cesó aunque nosotros dejáramos de escucharla. El deterioro semiótico se cura con escucha, con cuidado, con palabra densa, con comunidad real. Y en un tiempo donde el futuro se cierra y el miedo crece, reaprender a escuchar lo que siempre estuvo diciéndose podría ser la forma más profunda de resistencia.
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