DE UNA VERTIENTE EN MISIONES AL PROYECTO SAN JORGE EN MENDOZA.

Hace apenas unas horas descubrimos que la bomba se quemó. Averigue el precio de una nueva: ronda los 540.000 pesos. Uno piensa que es la inflación, que son los repuestos, que es la ley de la oferta y la demanda, y sí, todo eso influye, pero hay algo más profundo, algo que los científicos vienen advirtiendo hace décadas y que recién ahora empieza a tocarnos la puerta: el cobre, ese metal que hace funcionar cualquier motor, se está volviendo energéticamente más caro de obtener, y ese encarecimiento no es una racha pasajera, es una tendencia que vino para instalarse definitivamente.


Para entenderlo hay que meterse en un concepto que los académicos llaman Tasa de Retorno Energético, o TRE, que no es otra cosa que la relación entre la energía que invertimos para obtener un recurso y la energía que ese recurso nos devuelve. En el caso del cobre, los estudios publicados en revistas especializadas como Energy muestran una realidad contundente: hace cincuenta años, la concentración media del mineral rondaba el 1,5 por ciento, lo que significa que por cada tonelada de roca movida se obtenían quince kilos de cobre, mientras que hoy esa proporción ha caído por debajo del 0,6 por ciento, es decir, necesitamos procesar más del doble de roca para obtener la misma cantidad de metal, y procesar más roca implica más electricidad, más combustible, más explosivos, más de todo, y toda esa energía extra tiene un costo que termina incorporado en cada kilo de cobre que llega a una fábrica, y de ahí a una bomba de agua, y de ahí al bolsillo de un campesino que lo único que quiere es regar su huerta o llenar el bebedero de sus animales.


Lo grave del asunto es que esto no tiene marcha atrás, porque los depósitos ricos y accesibles ya se explotaron en el pasado y lo que queda está más profundo, más disperso, más entreverado con minerales que complican la extracción, y los modelos proyectan que para mediados de siglo la energía necesaria para producir cobre podría ser entre dos y siete veces mayor que la que se usaba a principios de la década de 2010, lo que significa que el costo energético del metal seguirá subiendo y con él el precio de todo lo que lo contiene, desde los cables de la red eléctrica hasta el motor de la bomba que necesitamos para vivir en el campo, y esto no es una teoría abstracta, es una certeza que ya está impactando en la economía real de las familias rurales, para las cuales el agua no es un servicio que llega por cañería sino una conquista diaria que depende de una máquina que hoy cuesta medio millón de pesos y que mañana va a costar más.


De ésta manera, cuando uno empieza a conectar los puntos, se da cuenta de que este encarecimiento estructural del cobre es la base sobre la que se sostiene el discurso de la megaminería en todas partes, el argumento que utilizan gobiernos y empresas para justificar la apertura de nuevos proyectos a lo largo y ancho del país, desde la puna hasta la patagonia, prometiendo que la extracción de cobre va a traer desarrollo, trabajo y progreso para las regiones más postergadas. Pero lo que no dicen, lo que omiten cuidadosamente en sus campañas de propaganda, es que el cobre que sale de nuestras montañas no va a abaratar el precio de las bombas para los campesinos, porque ese cobre se exporta a granel para ser refinado en el este asiático, y el precio internacional que pagamos por los productos que lo contienen no depende de lo que pase en las minas argentinas sino de la energía cada vez más cara que se necesita para extraer minerales de leyes cada vez más pobres en cualquier parte del mundo, de modo que la megaminería no es la solución al problema sino parte del mismo problema, una vuelta de tuerca más en esta dinámica perversa donde las comunidades locales cargan con todos los riesgos y las empresas se llevan todas las ganancias, mientras el precio del cobre refinado que nosotros necesitamos para nuestras bombas sigue subiendo impulsado por la caída global de la Tasa de Retorno Energético.


La falacia de la megaminería es hacernos creer que podemos seguir creciendo infinitamente extrayendo recursos finitos en un planeta que ya dio todo lo que podía dar, cuando la ciencia del decrecimiento nos muestra que estamos llegando al pico de todo, al pico del cobre, al pico de la energía, al pico de la capacidad de carga de los ecosistemas, y que cada vez vamos a tener que invertir más para obtener menos, como le pasa al minero que tiene que procesar el doble de roca para obtener el mismo metal, o como me pasa a mí, que tengo que juntar medio millón de pesos para reemplazar una bomba que la última vez que se quemó costaba la mitad. Y en este contexto, abrir nuevas minas a cielo abierto en territorios frágiles, con el impacto devastador que tienen sobre el agua, la tierra y las comunidades, no es más que un intento desesperado de sostener un modelo que ya mostró todas sus contradicciones, un modelo que nos vende la ilusión de que el progreso consiste en extraer, consumir y descartar, cuando lo que necesitamos es exactamente lo contrario: aprender a usar menos, a durar más, a reparar en vez de reemplazar, a valorar lo que tenemos en lugar de hipotecarlo por promesas que nunca se cumplen.


Por eso, cuando esta mañana me encontré con el motor detenido y después con el precio de la bomba nueva, no pude evitar pensar en todo esto, en cómo el progreso técnico de los últimos cincuenta años nos permitió acceder a bienes cada vez más baratos, pero ese ciclo parece estar cerrándose para algunos materiales esenciales, y el cobre es el más esencial de todos en un mundo que se electrifica y que pretende descarbonizarse, porque sin cobre no hay paneles solares, no hay autos eléctricos, no hay redes inteligentes, y tampoco hay bombas de agua para los que vivimos lejos de las ciudades, y esa paradoja es brutal: estamos entrando en una transición energética que exige más cobre justo cuando el cobre se vuelve más caro y más difícil de obtener, y en cada provincia donde se anuncia un megaproyecto minero nos prometen que esa extracción va a solucionar nuestros problemas, cuando en realidad lo único que hace es profundizarlos, porque nos quedamos sin agua, sin tierra y sin futuro, mientras el metal se va por los barcos y el precio de las bombas sigue subiendo impulsado por una lógica que trasciende fronteras y que no le importa si sos de Mendoza, de Catamarca, de San Juan o de cualquier otro lugar donde la minería deje su huella de destrucción.


Tal vez lo único que nos queda es entender que la tierra ya dio lo mejor de sí, y lo que queda cuesta más, mucho más, y ese costo lo pagamos nosotros, los que todavía dependemos de una vertiente y un motor para vivir.


Por el momento volver a bobinar me sale solo $100.000 y es lo que puedo pagar.

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