CUANDO EL SAQUEO ES INCONDUCENTE, LA PREGUNTA QUE QUEDA ES: PARA QUÉ?
Los datos que nos proporciona la obra de Alicia Valero son demoledores y ponen cifras a lo que muchos intuimos como una pesadilla lejana pero ya instalada en el presente.
No se trata de una crisis coyuntural de suministros, sino del choque frontal entre una economía que exige crecimiento exponencial y un planeta con límites físicos infranqueables. Valero nos recuerda que, solo en las primeras dos décadas de este siglo, hemos extraído tanto cobre como en toda la historia de la humanidad anterior. Lo que antes era un goteo milenario, ahora es un torrente que vacía la mina a una velocidad de vértigo, dejando crateras y ríos muertos a su paso. Pero el problema no es solo la velocidad, sino la variedad de materiales que necesitamos. Para fabricar un solo aerogenerador, para montar una placa fotovoltaica eficiente, para ensamblar el vehículo eléctrico que supuestamente nos salvará del colapso climático, hace falta, literalmente, "toda la tabla periódica". Necesitamos indio, galio, selenio, telurio, neodimio, disprosio, praseodimio, lantano, litio, cobalto, manganeso, níquel, grafito. Elementos con nombres de ciencia ficción que pronto serán más cotidianos que el hierro, pero que comparten una característica común: son geológicamente escasos, están concentrados en unos pocos países y su extracción tiene costes ambientales y sociales altísimos.
La vieja dependencia del petróleo, que ya era un problema geopolítico mayúsculo durante el siglo XX, será sustituida por una "multidependencia" de casi todos los elementos de la tabla periódica. Y en ese nuevo tablero, China no solo tiene las mejores fichas, sino que controla las reglas del juego, porque ha acaparado no solo las minas, sino también la capacidad de refino, convirtiendo a Europa y América en actores vulnerables que ya han sufrido "apagones" de suministro de materiales como el germanio o el indio cuando Pekín decide restringir su exportación por razones que poco tienen que ver con el mercado y mucho con la geopolítica. El mundo rico, el que lidera la retórica de la transición ecológica, ha construido su futuro sobre un castillo de naipes mineral, y ahora se pelea por ver quién roba más naipes de la baraja antes de que el castillo se derrumbe.
Y entonces, cuando miramos la magnitud del desafío con honestidad, cuando apartamos el ruido de los discursos oficiales y los anuncios de coches eléctricos con aires de salvación, surge la pregunta incómoda, la que nadie quiere formular en las cumbres del clima ni en los consejos de administración de las grandes automovilísticas: ¿para qué? ¿Para qué lanzar esta guerra mundial sorda por los últimos yacimientos accesibles, para qué arrasar salares y selvas, para qué empujar a poblaciones enteras al desplazamiento o a la minería infantil en el Congo, para qué convertir América Latina en un campo de batalla geopolítico, si todo apunta a que el destino final es el mismo para todos, ricos y pobres, piratas y botín?
Alicia Valero y su padre, Antonio Valero, bautizaron ese destino con un nombre inquietante: Thanatia. Thanatia es el estado hipotético de la Tierra en el que sus recursos minerales se han degradado y dispersado tanto que su concentración es similar a la de la corteza continental promedio, un punto de no retorno termodinámico en el que extraerlos requeriría más energía que la que podrían proporcionar. Es la imagen de la civilización industrial como un gigante que se devora a sí mismo, extrayendo orden y concentración de la corteza para devolverla en forma de residuos dispersos e irrecuperables, en forma de basura electrónica que nadie sabe cómo reciclar, en forma de montañas de escoria y relaves mineros. Si seguimos este camino, la propia Valero advierte que "la civilización actual no podrá ser garantizada más allá de un siglo de vida", dependiendo del material del que hablemos. Un siglo. Ese es el horizonte que nos queda si mantenemos este consumo desmedido, si seguimos comportándonos como si hubiera un planeta de repuesto en el garaje. Y sin embargo, en lugar de frenar, en lugar de preguntarnos colectivamente hacia dónde vamos, aceleramos la disputa por las migajas que quedan en la mesa, como si el que más migas acumule pudiera escapar del hambre final.
El argumento del tecno-optimismo, ese relato tan cómodo que nos vende que la innovación y el reciclaje lo solucionarán todo sin necesidad de cambiar nuestro modo de vida, se estrella una y otra vez contra la realidad física que las leyes de la termodinámica imponen sin contemplaciones. La economía circular, tan de moda en los discursos oficiales y en los informes de sostenibilidad de las grandes corporaciones, es un espejismo peligroso si se plantea como la solución única y suficiente. Valero lo explica con claridad quirúrgica: incluso en un escenario de recolección y reciclado óptimos, rozando la perfección técnica, apenas se podría cubrir un 57% de la demanda de minerales críticos proyectada para 2050. ¿Y el 43% restante? Más del 80% del valor de las materias primas que contienen nuestros residuos electrónicos se pierde antes siquiera de ser recogido, disperso en cajones, vertederos informales o exportaciones ilegales. Y en el caso de los materiales más críticos, esos que hacen funcionar las tecnologías verdes, esa pérdida alcanza el 99%. Además, la propia naturaleza de los productos actuales, miniaturizados, con materiales cada vez más mezclados en cantidades ínfimas y pegados con resinas imposibles de separar, hace que recuperarlos requiera tal cantidad de energía y de reactivos químicos que el proceso se vuelve técnica y económicamente inviable, generando a su vez nuevos problemas ambientales. Por eso Valero prefiere hablar de "economía en espiral", porque la circularidad perfecta es una quimera: siempre hay pérdidas, siempre hay degradación, siempre hay una parte que se escapa y se convierte en un residuo inerte e inútil. El modelo, simplemente, no tiene salida técnica. Es un callejón sin salida termodinámico, y sin embargo seguimos corriendo hacia el fondo como si hubiera una puerta.
Así que volvemos a la pregunta inicial, y la imagen del edificio en llamas se vuelve inevitable, casi grotesca por su precisión. Imaginemos un rascacielos incendiado. Los pisos superiores, donde habitan los millonarios y sus privilegios, aún no han sido alcanzados por las llamas, pero el fuego asciende sin pausa, devorando piso tras piso con una regularidad implacable. En lugar de evacuar ordenadamente, en lugar de buscar salidas colectivas, en lugar de tender una mano a los que están en los pisos bajos ya abrasados, los inquilinos de los áticos se enzarzan en una pelea a muerte por hacerse con los extintores que quedan, con las mangueras, con el control de las escaleras de emergencia. Saben, en el fondo de su conciencia, que el fuego acabará llegando a sus privilegiados pisos, que el hormigón armado acabará cediendo bajo las llamas. Pero su horizonte mental no va más allá de los próximos diez o quince minutos. Su lógica no es la supervivencia colectiva, ni siquiera la suya propia a medio plazo, sino la de postponer su propia incineración unos segundos más que el vecino. Esa es la lógica del capital en su fase de colapso: una carrera absurda por ser el último en caer, por mantener los privilegios mientras el barco se hunde, aunque el barco se hunda igualmente con todos a bordo. Sacrificar población, territorio, biodiversidad, agua y futuro para que un puñado de personas pueda renovar su iPhone una o dos temporadas más, para que las élites puedan seguir moviéndose en jets privados mientras el mundo arde, para que las corporaciones sigan embolsándose dividendos mientras las próximas generaciones heredan un planeta exprimido. Es un saqueo inconducente, una guerra de piratas por un cofre que ya no contiene oro, sino arena, y que además se hunde lentamente en el fondo del mar. Y cuando el último millonario, en su búnker de lujo construido con materiales extraídos a sangre y fuego, se quede sin la aleación de tierras raras que hace funcionar su marcapasos o sin el litio que alimenta su vehículo blindado, quizás entonces, en ese instante de lucidez final que precede a la asfixia, entienda la pregunta que hoy nos hacemos, la pregunta que late en cada salar arrasado y en cada comunidad desplazada: ¿para qué?
Comentarios
Publicar un comentario