CÓMO SE PREPARA UNA SUSTANCIA PARA QUE SE SUICIDE UNA CIVILIZACIÓN?

La receta es un secreto a voces de la química industrial. Para empezar, se necesita nitrógeno, capturado del aire usando un proceso que devora gas natural a montones. Ese nitrógeno se une a un ácido nacido del petróleo para formar el primer eslabón.


Luego entra el alcohol metílico, derivado directo del gas metano. Se transforma en un gas pungente, un básico de la industria plástica. Es la segunda pieza clave.


Pero falta el elemento que le dará el poder. Para ello, se extrae un mineral que se mezcla con coque —carbón purificado— y se somete a un arco eléctrico de una potencia descomunal. De ese infierno emerge el fósforo elemental, que al contacto con agua se convierte en un ácido corrosivo.


Ahora, la síntesis. En reactores de acero, ese ácido derivado del carbón se encuentra con el gas derivado del metano. Danzan bajo calor y presión, dando a luz a un intermediario reactivo. Este busca al aminoácido fabricado con gas y petróleo. Se enlazan en un abrazo químico forzado, naciendo así una molécula híbrida, estable y letal.


Finalmente, se neutraliza con más amoniaco —otra vez gas natural—. Se filtra, se mezcla con aditivos también destilados del crudo. El resultado es un líquido translúcido. Se envasa en bidones de plástico y viaja en camiones diésel.


El agricultor lo riega sobre la tierra con maquinaria que bebe gasoil. Ataca la enzima de una planta. El campo queda limpio, listo.


Es el herbicida más usado en la historia. Un nombre doméstico. Su principio activo se llama…


GLIFOSATO.


Y ahora sabes: antes de ser la solución en el campo, fue gas, fue petróleo, fue carbón. Es la agricultura fósil, destilada en un frasco.


Pero aquí yace la paradoja palpable, el dato que ya no es teoría sino factura: toda esta cadena de transformación —desde el gas del amoníaco hasta el diésel del tractor— depende de un recurso cuyo precio real se sostiene con parches. Los subsidios estatales camuflan el verdadero costo, pero la grieta ya se abrió. Entre 2020 y 2022, el precio internacional del glifosato se multiplicó por más de cinco, de unos USD 2,5 por litro a picos superiores a USD 15. La causa raíz no fue solo la logística pandémica: fue el precio del gas natural (materia prima y energía para su fabricación) y de los precursores petroquímicos disparándose a niveles históricos. Rusia, gran productor de gas y de uno de esos precursores clave, se convirtió en el centro de un terremoto geopolítico que resonó en cada bidón.


Glifosato no es solo petróleo hecho polvo para malezas. Es el símbolo de un sistema que apuesta su futuro alimentario sobre la volatilidad de un mercado fósil. El encarecimiento ya llegó. Solo que, por ahora, lo pagan los estados con subsidios, los productores con márgenes que se evaporan y, al final, todos nosotros con cada bocado que sube de precio en la góndola. La botella, al final, no contiene solo un agroquímico. Contiene el precio real, frágil y subsidiado de una dependencia que ya no puede ocultar su factura.


AHHH... CASI LO OLVIDO! ES TAMBIÉN CANCERÍGENO Y ESTA EN ABSOLUTAMENTE TODO LO QUE INGIERES COMO ALIMENTO.

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