LA ESTUPIDEZ NO CRECIÓ. SE VACIO LA SALA.

Imaginemos una sala. Una sala enorme, con butacas, un escenario, reflectores y una pantalla gigante. Esa sala es el espacio de la propaganda: los medios hegemónicos, las redes sociales algorítmicas, los debates televisivos, las campañas políticas, los trending topics, el ciclo de noticias perpetuo. Durante décadas, esa sala estuvo repleta. El método Bernays funcionaba porque había petróleo barato para mantener las luces encendidas, la pantalla brillando, la ciudadanía sedada y el consumidor distraído. Todos mirando hacia adelante, todos aplaudiendo a los mismos actores que se turnaban en el escenario. Pero algo cambió. La sala no está tan llena como antes. Y la estupidez no creció: lo que pasó es que muchos se fueron.


Edward Bernays no inventó la mentira, pero sí la fábrica de la verdad. Su método, expuesto con descarnada honestidad en su libro Propaganda de 1928, parte de una premisa que la democracia liberal prefiere no mirar a los ojos: las masas son más fácilmente manipulables cuando hay energía abundante para sostener aparatos de propaganda masiva que las mantienen intoxicadas de estímulos. No es que los seres humanos sean por naturaleza irracionales, sino que la televisión, la publicidad, las redes sociales y el consumo desenfrenado requieren una infraestructura energética colosal para funcionar. Sin petróleo barato, el cerebro colectivo vuelve a conectarse con la realidad. El método Bernays se desplegaba en tres actos perfectamente calibrados. Primero, la identificación del deseo inconsciente: no se vende un cigarrillo, se vende la libertad; no se vende un desayuno pesado, se vende la salud avalada por la ciencia; no se vende un golpe de Estado, se vende la defensa de la democracia frente al comunismo. Segundo, la creación de un canal de autoridad aparentemente independiente: médicos, científicos, feministas, periodistas, cualquier figura que inspire confianza sin despertar sospechas de manipulación. Tercero, la activación de los líderes de opinión intermedios: no se habla directamente a las masas, se habla a quienes las masas imitan, y ellos hacen el resto del trabajo gratis. Bernays entendió algo que sus contemporáneos no: la propaganda más efectiva no es la que se reconoce como propaganda, sino la que se disfraza de noticia, de ciencia, de moda, de sentido común. Su genio fue convertir la manipulación en un servicio público. Pero todo ese dispositivo funcionaba porque había petróleo para mantener la sala llena, la pantalla encendida y el público en su butaca.


Bernays no habría existido sin el sistema que lo parió. El capitalismo no es solo un modo de producción: es una máquina de fabricar odio. Porque para que funcione la competencia, necesitamos odiar al que nos gana el puesto; para que funcione la acumulación, necesitamos odiar al que tiene más mientras despreciamos al que tiene menos; para que funcione el consumo, necesitamos odiarnos a nosotros mismos en el espejo. El odio no es un efecto colateral del capitalismo: es su combustible social más íntimo, el pegamento emocional que mantiene unida una sociedad diseñada para la desigualdad. Durante décadas, ese odio fue amortiguado por el consumo barato, la televisión, la promesa de que cualquiera podía llegar a la cima. Pero ahora que el crecimiento se acaba porque el planeta dijo basta, el odio aflora sin anestesia. Y lo que vemos en las calles, en las urnas, en los comentarios de redes sociales, no es otra cosa que la verdadera cara de un sistema que nunca necesitó amor para funcionar, solo necesitó que no nos matáramos entre nosotros antes de terminar de saquear el mundo. Y la sala, mientras tanto, sigue vaciándose.


Apliquemos ese método al caso argentino. El supuesto colapso inflacionario que justificó el triunfo del actual gobierno no fue un hecho objetivo sino una construcción narrativa. Había inflación, ciertamente, como la ha habido durante décadas, pero la magnitud del pánico, la urgencia de la "salida fácil", y la atribución de culpabilidad exclusiva a un sector político fueron operaciones de ingeniería del consentimiento en estado puro. No se trataba de resolver la inflación: se trataba de instalar el miedo como estado permanente, la urgencia como anulación de toda reflexión, la promesa de crueldad como única respuesta creíble. El aparato de propaganda no necesitó médicos ni científicos: necesitó influencers, streamers y algoritmos. La lógica fue idéntica a la de Bernays, pero con una diferencia clave: los propagandistas trabajan gratis, movidos por la dopamina del like y la pertenencia a una tribu de odio compartido. El supuesto colapso no necesitaba ser real, solo necesitaba ser creído. Y fue creído porque el miedo es más contagioso que cualquier virus. Y sin embargo, la sala siguió vaciándose. No todos compraron el miedo. Muchos ya habían dejado de mirar.


El verdadero hallazgo del experimento argentino fue instalar una dualidad perfecta: "libertarios" contra "kukas". Dos términos que no describen posiciones políticas reales, sino identidades emocionales antagónicas. El "libertario" cree que el mercado lo resuelve todo, que la motosierra es justicia, que la crueldad con el débil es eficiencia. El "kuka" cree que el Estado debe resolverlo todo, que el pasado fue mejor, que repetir "la patria es el otro" exime de explicar por qué su gestión también saqueó el presente. Ninguno de los dos existe, pero ambos funcionan como caricaturas. La oposición peronista aceptó su rol de "kuka" porque no supo ofrecer otra cosa que consignas crecentistas: más industria, más trabajo, más consumo, más Estado. Quedó atrapada en la trampa de prometer crecimiento en un planeta que ya no crece. Es el mismo esquema norteamericano: demócratas y republicanos discutiendo si subir o bajar impuestos, mientras ambos sirven al mismo sistema financiero. El policía bueno y el policía malo, pero siempre policía. Y la sala, mientras tanto, sigue vaciándose. Porque la gente ya no se sienta a aplaudir. La gente se va. Porque está decreciendo la legitimidad.


Aquí hay que decir lo que nadie dice: el capitalismo se basa en una locura llamada crecimiento exponencial. El interés compuesto es matemáticamente incompatible con un planeta finito. Hemos alcanzado los límites planetarios: carbono, nitrógeno, biodiversidad, océanos, deforestación. El capitalismo necesita crecer siempre, y el planeta ya no puede. No hay "capitalismo verde", no hay "transición energética" que resuelva, no hay "economía circular" que engañe a la termodinámica. El capitalismo no puede reformarse porque el capitalismo es la enfermedad. La disyuntiva no es entre más mercado o más Estado: es entre capitalismo y extinción. Y mientras el capitalismo acelera contra las paredes del planeta, la sala se vacía. Porque la gente, instintivamente, empieza a entender que ahí no hay respuestas.


La izquierda tradicional, por su parte, propone un gobierno de trabajadores al estilo soviético sin detallar cómo funcionaría sin petróleo. Habla de ecología pero nunca asume el decrecimiento. Nunca dice que habrá que consumir menos, viajar menos, producir menos. Sin crecimiento, ¿de dónde saca los recursos para el salario universal, la vivienda digna, la salud gratuita? No tiene respuesta. Y al no tenerla, se vuelve funcional al sistema, manteniendo vivo el mito de que otro mundo es posible sin cambiar nuestra relación con la materia y la energía. Mientras la izquierda no asuma el decrecimiento, será solo el ala izquierda del capitalismo, el fusible que evita que el circuito explote. Y la sala, mientras tanto, sigue vaciándose. Porque la gente ya no espera que la izquierda la salve. La gente se está salvando sola, en los territorios.


Ahora bien: sería un error pensar que todo es propaganda y que no hay salida. Porque detrás de esta aparente solidez en la manipulación del consenso, hay grietas. Las grandes mayorías ya no votan. No porque sean apáticas, sino porque han comprendido que votar es un ritual que no cambia nada. La abstención no es despolitización: es un voto de silencio que dice "ninguno de ustedes me representa". Y mientras los políticos discuten en la televisión —es decir, adentro de la sala—, en Uspallata la gente pelea contra la megaminería. En el Chaco contra el desmonte. En la Patagonia contra las petroleras. En miles de territorios hay resistencias que no piden permiso, no esperan elecciones, no confían en ningún partido. Son silenciosas para el status quo, pero no para los territorios. Y eso es exactamente lo que debe ser. Porque el poder que se construye en silencio, sin cámaras, sin like, sin permiso, es el único poder que no puede ser cooptado. El poder que necesita reconocimiento mediático es un poder débil, un poder que depende de la mirada del amo. El poder que se construye en los territorios, cara a cara, codo a codo, no le debe nada a nadie.


Ahora entendamos bien qué significa el título, y sobre todo a quién está dirigido este texto. "La estupidez no creció, se vació la sala" no es un diagnóstico para quedarse mirando la sala vacía. Es una invitación a entender que los que se fueron no son tontos: son los que entendieron primero que el circo no vale la pena. Si estás leyendo estas líneas, si estás buscando análisis que trasciendan la dualidad "libertarios vs kukas", si te estás preguntando qué hay más allá del odio y el miedo fabricados, entonces vos también estás saliendo de la sala. O al menos estás mirando hacia la puerta. Este texto no es para los que quedaron aplaudiendo. Este texto es para los que ya están afuera, o para los que están buscando la salida. Porque cada vez más personas eligen consumir contenido acorde con la transformación en marcha: análisis crítico, información territorial, narrativas que no se alinean con el circo. La sala se vacía porque la gente se va. Y los que se van no son estúpidos: son los primeros en despertar.


Veamos los números, pero no los de los votos: los de la población real. Argentina tiene aproximadamente 46 millones de habitantes. Sobre ese total, los 14,5 millones de votos que obtuvo Milei representan apenas el 31% de la población. Massa sacó el 25%. Entre los dos suman el 56% de la población. El resto, el 44% de los argentinos —casi uno de cada dos— no votó a nadie. No votó en blanco: no fue a la sala. Ese 44% no es una rareza estadística: es una multitud silenciosa que ha desertado del teatro. La sala no está vacía, pero más de un tercio de las butacas están desocupadas. Y la tendencia es clara: la participación electoral viene cayendo sistemáticamente desde 1983. Si medimos la legitimidad real, no por votantes sobre votantes sino por votantes sobre habitantes, el número es aterrador: apenas un tercio de la población pone el cuerpo. El resto ya no está en la sala. Y ese resto no es una masa homogénea de apáticos: es un archipiélago de personas que, en distintos grados y con distintas conciencias, están buscando otras formas de habitar el mundo. Entre ellas, cada vez más personas eligen leer, compartir y construir narrativas por fuera del circo. Este texto es para ellas. Este texto es para vos.


Esto no contradice la tesis del vaciamiento: la confirma. Con apenas un tercio de la población votando a favor, se puede ganar una elección por 11 puntos. El circo sigue funcionando, pero con menos público. Y cada vez que el público disminuye, los que quedan aplauden más fuerte para convencerse de que la sala sigue llena. Pero la dirección de la historia es clara: la sala se vacía lenta pero inexorablemente. Porque está decreciendo la legitimidad. Y cuando la legitimidad se acaba del todo, el poder ya no puede gobernar solo con propaganda. Necesita balas. Pero esa es otra historia.


Los que quedan mirando confunden su propia permanencia en la sala con un aumento generalizado de la estupidez. Pero afuera, en los territorios, en las ollas populares, en las asambleas vecinales, en las huertas comunitarias, en las cooperativas de energía, en las redes de cuidado mutuo, la realidad de los pueblos está ocurriendo por completo fuera de la propaganda. No es que no haya conflictos o dificultades. Pero es otro registro, otra escala, otra lógica. No todos los que se fueron están construyendo activamente alternativas. Muchos están simplemente sobreviviendo. Pero entre ellos, una minoría creciente está tejiendo redes, sembrando huertas, organizando asambleas. Esa minoría es la semilla. Y cada vez más personas —quizás vos, lector, estés entre ellas— eligen informarse, formarse y actuar fuera del circuito de la estupidez fabricada. No consumen el odio. No repiten consignas. No aplauden al circo. Buscan, leen, comparten, construyen. Este texto es una herramienta para ellas. Este texto es para vos.


La alternativa real no es una versión corregida del capitalismo ni una versión edulcorada del socialismo industrial. La alternativa se llama agroecología, se llama permacultura, se llama diseño de sistemas regenerativos que imitan a la naturaleza. No es una vuelta a la edad de piedra: es un salto civilizatorio hacia formas de vida que entienden que la salud del suelo es la base de la salud social, que la energía solar que llega cada día es el único ingreso real, que los ciclos cerrados de materia no son una opción sino una necesidad física. Una civilización en permacultura no crece: madura. No acumula: distribuye. No compite: coopera. No extrae: regenera. Eso no es una utopía: es lo que millones de personas ya están ensayando en cada huerta comunitaria, en cada bosque comestible, en cada cooperativa de cuidados, en cada sistema de captación de agua de lluvia. El capitalismo nos dijo que eso era imposible porque no era rentable. Pero lo rentable nos está llevando a la extinción.


El cambio no es una promesa, es un dato. Está ocurriendo ahora, en los pliegues que los reflectores no alcanzan. En Uspallata, donde la megaminería encontró paredes humanas que no negocian. En cada barrio donde una olla popular funciona sin políticos, sin partidos, sin cámaras. En cada huerta comunitaria que crece sobre el cemento del individualismo. El poder popular no pide permiso porque el permiso ya no se concede. Se toma. Y se está tomando, en silencio para los que miran desde arriba, pero con la claridad de un grito para los que están en el territorio. La gran mayoría que dejó de votar no se ha ido a dormir: ha abierto los ojos y ha visto que la urna es una jaula con dos puertas que llevan al mismo corral. Por eso construyen por fuera. Por eso resisten sin esperar rédito. La sala vacía no es un síntoma de apatía: es un éxodo. Es la deserción masiva de un teatro donde todos saben que los actores son muñecos y los aplausos están grabados.


El decrecimiento no es el problema: es el diagnóstico. Y el capitalismo es el problema, porque no sabe hacer otra cosa que crecer o morir. Pero nosotros sí sabemos. La naturaleza sabe. Los ecosistemas no crecen eternamente: alcanzan un equilibrio, se regulan, se mantienen. Eso es lo que tenemos que aprender: a dejar de crecer cuando ya no hay de dónde, a redistribuir lo que hay sin esperar que haya más, a regenerar lo que destruimos. La disyuntiva real es entre el camino del interés compuesto hacia el acantilado, o el camino de los ciclos naturales, de la suficiencia. No es decrecer por decrecimiento: es crecer hacia la madurez, como crece un árbol hasta su tamaño adulto y luego se mantiene, florece, fructifica, regenera. Eso es la permacultura. Eso es la agroecología. Eso es lo que ya está naciendo en los márgenes mientras el circo del capitalismo sigue girando en el centro vacío.


La esperanza no es un sentimiento tibio. Es una decisión práctica. Y la decisión ya está tomada por millones de personas en cada rincón del mundo donde alguien elige cuidar en lugar de competir, compartir en lugar de acumular, construir en lugar de esperar. Ese cambio no se anuncia en los medios porque los medios no pueden venderlo. Pero ocurre. Silencioso, territorial, imparable. La sala sigue vaciándose. No porque la gente se haya rendido, sino porque encontró algo mejor que hacer que mirar el circo. Algo que no necesita permiso, ni like, ni voto. Algo que se hace con las manos, con la tierra, con el vecino. Porque está decreciendo la legitimidad. Y cuando la legitimidad se acaba, el poder se queda desnudo.


La sexta extinción masiva no es un sino: es una advertencia. Nosotros, los que aún podemos elegir —y si estás leyendo esto, es muy probable que estés entre ellos—, estamos eligiendo no ser solo una especie más en la lista. Estamos eligiendo ser la generación que detuvo la caída, no por heroísmo, sino por pura necesidad. Porque ya no hay excusas. El petróleo se acaba, el crecimiento se termina, los cirqueros se quedan sin público. Y abajo, en la tierra, el pueblo sigue sembrando. No es que la gente sea más tonta. Es que los que se fueron ya no están ahí para aplaudir. Los que quedan mirando la sala vacía confunden su soledad con una epidemia de estupidez. Pero afuera, donde no llegan las cámaras, el pueblo ya no mira: construye. Y cada vez más personas se suman a esa construcción. Este texto es una herramienta para ellas. Este texto es para vos. La sala vacía no es un fracaso: es una liberación. La estupidez no creció: solo se quedaron mirando los que no se animaron a irse. La legitimidad sigue decreciendo, elección tras elección, día tras día, huerta tras huerta. Y afuera, cada vez más personas eligen ver, leer y compartir contenido acorde con la transformación en marcha. Hasta que un día, alguien en el escenario mire al público y no vea a nadie. Ese día, el circo se cierra solo. Y nosotros, los que ya salimos, estaremos ocupados construyendo lo que viene.

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